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Una Cita a Ciegas con el MAFIOSO romance Capítulo 2

Capítulo 2 —Sospechas y fachada

Narrador:

Alessia continuaba con la espalda rígidamente recta, caminando por la acera de adoquines desiguales junto al supuesto Alessandro Macherano hacia la zona apartada donde los choferes y los autos de lujo esperaban. La noche era fresca, arrastrando el aroma a lluvia reciente y a comida gourmet de los locales cercanos, pero ella sentía que estaba hirviendo por dentro debido a la pura frustración de tener que fingir ser ese tipo de chicas detestaba con todas sus fuerzas.

No era solo el hecho de estar mintiendo. Alessia odiaba profundamente la pantomima que la rodeaba. Aquel vestido prestado, las risas forzadas, los modales ensayados frente al plato... todo le recordaba demasiado a la jaula de oro en la que se criaban esas mujer y que ella aborrecía.

Apenas se habían alejado unos metros de la entrada del restaurante iluminado, pero el silencio que se instaló entre ellos era pesado, casi denso. El hombre que caminaba a su lado la observaba de reojo con una mirada depredadora y gélida que no encajaba en lo absoluto con el perfil de "hijo de papá dócil" que Lidia le había descrito sobre Alessandro. Se suponía que el heredero de los Macherano era un títere manejable. Este hombre, en cambio, se movía con una confianza silenciosa que resultaba letal.

Alessia sabía perfectamente que debía mantener la farsa hasta el mismísimo final de la noche. Si flaqueaba ahora, todo el esfuerzo de haber ido a esa cena absurda no habría servido para nada. Tenía que ser la insoportable, consentida y caprichosa Lidia Bianchi si quería ahuyentar a este tipo de forma definitiva y arruinar de paso los negocios de su desesperado padre con la familia Macherano.

Se detuvo en seco sobre el empedrado irregular, haciendo una mueca exagerada de absoluto disgusto. Se corrió el cabello del rostro, alzando la barbilla con toda la prepotencia que pudo fingir.

—¡Bueno! Esto ha sido un completo y rotundo aburrimiento —exclamó Alessia, forzando una voz chillona, superficial y deliciosamente insoportable—. Mi padre me prometió una velada increíble con el soltero más codiciado del año y tú apenas has abierto la boca para hablar de negocios o halagarme. ¡Qué monumental pérdida de tiempo!

Enrico arqueó una ceja lentamente. Sus ojos oscuros, casi negros bajo las luces de la calle, brillaron con una mezcla indescifrable de diversión y absoluto escepticismo. Dio un paso pausado hacia ella, metiendo las manos en los bolsillos de su carísimo pantalón de sastre. El aire a su alrededor parecía volverse más pesado con cada centímetro que acortaba.

—Mis más sinceras disculpas, señorita Bianchi. No sabía que a una dama de gustos tan refinados como usted le interesaran tanto las frías y aburridas alianzas comerciales entre nuestras familias. Creí que preferiría hablar de cosas más... triviales.

—¡Por supuesto que me interesan! —replicó ella, fingiendo ofensa y agitando una mano en el aire—. De que ese trato se cierre depende el aumento de mi presupuesto mensual para las compras de la nueva temporada en Milán. ¿Acaso crees que este estilo se mantiene solo con sonrisas?

Lanzó un bufido teatral, dándose la vuelta con un desdén ensayado para intentar seguir caminando hacia la esquina y terminar de una vez por todas con el suplicio.

“Maldita sea”, pensó Alessia para sus adentros apenas dio el primer paso. Su tobillo flaqueó peligrosamente y un dolor agudo le recorrió el pie. Los tacones de aguja de diseñador que le había prestado Lidia eran auténticos instrumentos de tortura medieval. Ella estaba acostumbrada a las botas de combate de suela gruesa, a las zapatillas ligeras que le permitían correr por los tejados resbaladizos o camuflarse rápidamente en las sombras, cuando entrenaba. Caminar sobre estos palillos de doce centímetros requería un equilibrio antinatural que desafiaba las leyes básicas de la física.

Mantuvo el peso en el metatarso, intentando disimular la incomodidad, pero el terreno le jugó una mala pasada. Al apoyar el pie derecho, el tacón se hundió en la ranura de un adoquín flojo.

Dio un paso en falso sobre el empedrado irregular de la calle oscura y trastabilló de forma violenta. Su cuerpo se fue irremediablemente hacia adelante. Por puro instinto físico pulido durante años de entrenamiento, el cerebro de Alessia se preparó para la acción: estuvo a punto de rodar sobre su hombro y caer de pie en una posición de defensa perfecta para no lastimarse y neutralizar cualquier amenaza.

Alessia sintió un sudor frío recorrerle la espalda. El pánico real de ser descubierta en su mentira amenazó con romper su trabajada fachada, pero recurrió a toda su fuerza de voluntad y se obligó a soltar una risa falsa, chillona y burlona.

—¡Por favor! Hago pilates tres veces por semana en la universidad, Alessandro. Claro que tengo una excelente respuesta muscular y elasticidad. No busques misterios donde solo hay una chica en apuros por culpa de la pésima infraestructura de Roma. Ahora, si me disculpas, mi chofer me está esperando a la vuelta de la esquina.

Dio un paso atrás, creando una distancia segura entre ambos que le permitió volver a respirar con normalidad.

—Esta cita ha sido un fiasco absoluto. Mañana mismo le diré a mi padre que no hubo química alguna. De mi parte, espero no volver a verte.

Dio media vuelta con toda la altanería que pudo reunir, concentrando absolutamente toda su fuerza de voluntad en mantener la espalda recta y caminar sobre esos malditos tacones de aguja sin volver a tambalearse ni una sola vez. Cada paso era un calvario, pero no iba a regalarle otra debilidad.

Enrico la vio alejarse bajo la luz mortecina de las farolas con una pequeña y fría sonrisa curvando sus labios, viéndola desaparecer en la penumbra de la noche.

—Como desees, pequeña mentirosa —murmuró él para sí mismo en la soledad del callejón, sabiendo perfectamente que esa mujer escondía garras de loba bajo esa ridícula e incómoda piel de cordero.

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