TANYA RHODES
Los pies me dolían, podía apostar que ya estaban ampollados mientras seguía caminando bajo un cielo que parecía tan decepcionado como yo. Las nubes grises y pesadas estallaron sin aviso. En segundos la lluvia me empapó de pies a cabeza. Corrí hasta un tejado oxidado que sobresalía de una tienda cerrada, jadeando, mientras sacaba mi currículum doblado de la mochila y lo metía en una bolsa de plástico con manos torpes.
—Feliz cumpleaños, Tanya —me dije a mí misma con amargura al ver una vez más mi carta de aceptación. Solo tenía unos días para la inscripción y ya me sentía derrotada. Tan cerca y tan lejos de lo que tanto había querido.
Desde que mi padre enfermó, entró en mi cabeza, como una obsesión, estudiar medicina. De alguna manera pensaba que tal vez, si me esforzaba lo suficiente, yo sería capaz de salvar a la gente que moría de la misma manera que él, que encontraría la forma de que los tratamientos fueran más accesibles, sin importar el nivel económico. Esa era mi ambición, no quería que otra niña, como la que yo fui, sufriera ese dolor tan desgarrador de perder a un padre.
Recargué la espalda contra la lámina de la cortina del local, el aire frío empezaba a congelar mi ropa y la lluvia no paraba. Había pasado el día recorriendo calles, tocando puertas, esperando... y siendo rechazada una y otra vez.
«Eres demasiado joven», ¿por qué tendría que ser ese un inconveniente? No iba a trabajar con mi edad, sino con las manos.
«Sin experiencia, no me sirves», ¿cómo iba a tener experiencia si nadie me contrataba?
«Sin estudios. No sabes nada y no pienso perder mi tiempo capacitándote», ¿con qué dinero iba a estudiar si mi madre se lo había acabado todo en su novio?
En ese punto las palabras que ya no dolían, pero sí desgastaban.
Una parte de mí, tonta quizás, había creído que por ser mi cumpleaños algo diferente pasaría. Un golpe de suerte. Una señal del universo. Pero el universo, como mi madre y como Fabián, también había decidido ignorarme.
Suspiré. Estaba cansada. Hambrienta. Y con el alma hecha trizas.
Seguí con mi camino, corriendo entre puesto y puesto, resguardándome de la lluvia lo mejor que podía. Mi estómago rugió en cuanto pasé por uno que estaba abierto y preparando comida, el aroma avainillado de bizcocho recién salido del horno me hizo salivar. Revisé los precios y metí la mano en mi bolsillo, no tuve que sacar las monedas para saber que no me alcanzaba.
Con resignación me alejé antes de que la vendedora me ofreciera algo, aunque fuera por lástima. Aún tenía algo de dignidad, o eso creía.
Entonces recordé ese maldito pedazo de pastel, el que Fabián me había dado esa mañana, aún escondido en su cajita de plástico con el logotipo de la repostería que estaba a unas calles de la casa.
Era indignante y sospechosa su forma de actuar, como si con eso pudiera maquillar años de horror.
—Feliz cumpleaños, princesa —había dicho. Me había tendido el pastel como quien ofrece una manzana envenenada.
Yo lo había tomado por puro instinto, por hambre, y por un segundo, por esa parte infantil y estúpida de mí que aún deseaba que alguien, quien fuera, me celebrara.
Lo saqué con cuidado de mi mochila, estaba algo aplastado, pero parecía funcional. Revisé el empaque con más atención, también el logotipo impreso de la repostería y las fechas de caducidad, todo se veía bien. Lo abrí y una vez más lo olfateé, como si fuera suficiente para detectar cualquier clase de veneno.
—No, lo siento… no traigo nada de cambio —dijo la primera encogiéndose de hombros sin ocultar el malestar en su rostro. Tenía la actitud arrogante de quien tiene a una rata asquerosa y mojada en frente. No pude evitar torcer los ojos.
—No quiero dinero… —refunfuñé ofendida.
—No te daremos comida —agregó la segunda barriéndome con la mirada.
—¡Tampoco quiero su comida! —exclamé molesta—. ¡Qué petulantes!
Entonces vi que un mesero se acercaba y tuve que darme prisa.
—Por favor, necesito trabajo y las escuché hablando de una vacante para niñera sin experiencia y con buen sueldo, ¿podrían ser tan amables de decirme dónde es? ¿Cómo puedo postularme? En verdad lo necesito —dije rápidamente, con palabras atropelladas y sintiendo que tenía una bomba en el pecho y el reloj se acercaba a cero, lista para explotar.
—¿Hay algún problema? —preguntó el mesero de manera arrogante, mientras las mujeres compartían una mirada cautelosa.
—Ninguno… —dijo una de ellas con media sonrisa mientras rebuscaba en su pequeño bolso y sacaba una tarjeta negra con letras doradas, ofreciéndomela sin apartar su mirada de mí. Cuando intenté tomarla, no la soltó a la primera—. Cuidado, encanto, no todo lo que brilla es oro.
Y de esa manera me fui de ahí, bajo la lluvia y con una nueva sensación de incertidumbre, pero también con determinación.

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