TANYA RHODES
Vi acercarse ese par de ojos azules, curiosos y desconfiados, intentó tomarme del brazo, pero apenas su piel rozó la mía, todo explotó dentro de mí. Sentí un escalofrío que me sacudió los músculos.
La vergüenza me atravesó como un rayo. Quise soltarme, gritarle, pero no tenía fuerzas. Sabía lo que me estaba pasando. Sabía que estaba drogada y que estaba perdiendo el control de mí misma. No tenía sentido seguir negándolo.
No era debilidad. No era estrés. No era ansiedad. Era un maldito efecto químico que me estaba robando el control de mi cuerpo. No quería que él pensara mal de mí. No quería que nadie lo hiciera y, sin embargo, en ese momento, ya no podía seguir fingiendo. No podía hacer esto sola.
Levanté el rostro. Mis ojos debían verse desesperados, húmedos… suplicantes.
—Por favor… —Tragué saliva con dificultad, buscando las palabras indicadas—. ¿Puedes… puedes hacerme un favor?
Su expresión cambió de curiosidad a cautela.
—¿Qué necesitas? —Se hincó ante mí, observándome con atención. Sentí como hundía sus dedos en mi muñeca, buscando mi pulso y al mismo tiempo acelerándolo con su cercanía.
—Creo que… me pusieron algo en la comida, en mi pastel. Me siento muy mal. —Mi voz se quebró, porque me sentía estúpida y desesperada, porque no había nadie que me pudiera ayudar, porque lo único a lo que aspiraba era que este hombre y su padre se apiadaran de mí, sabiendo que no tenían por qué hacerlo—. Solo necesito… un lugar para estar. Solo un rato. No quiero volver a casa así. Por favor.
—¿Está intoxicada? —preguntó el señor en la silla de ruedas, apoyándose sobre sus rodillas para ver mejor la situación, con el ceño fruncido y su boca convertida en una línea recta. En cuanto nuestras miradas se encontraron, noté como entornó los ojos y yo solo traté de sonreírle, buscando algo de piedad.
—No es nada, solo necesito que el malestar pase, me duele mucho, por favor… solo necesito tiempo —supliqué con ojos llorosos. Me sentía como un perro pidiendo un rincón para lamer mis heridas y esperar a que la enfermedad pasara o simplemente acabara conmigo.
—No lo sé… —respondió el chico de ojos azules, viéndome con desconfianza—. Puede convertirse en un problema para nosotros. Lo mejor sería llevarla al hospital y que se hagan cargo de ella ahí. Llamarán a sus padres y…
—¡No! ¡Por favor! —exclamé aferrándome a su mano—. Por favor, no me hagan eso, no me lleven al hospital.
De pensar en lo que pasaría se me helaba la sangre. Mi madre no podría ir por mí y mi padrastro… ¡solo Dios qué me haría si seguía con esta droga en mi sistema! Además, no teníamos el dinero suficiente para pagar una posible hospitalización.
—Por favor, prefiero que me saquen de regreso a la calle y a la lluvia —supliqué con ambas manos apoyadas en la elegante alfombra mientras las lágrimas se me formaban en el párpado inferior.

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