Palmiro se volvió a dormir. Aunque le importaba el matrimonio de sus hijos, ya eran todos unos adultos. Podían tomar sus propias decisiones, sabiendo qué tipo de vida querían llevar.
Si Tati estaba saliendo con alguien, Palmiro solo quería saber cómo era su futuro yerno.
No le importaba nada más.
Sus hijos ya eran mayores. Ni él ni Nidia podían meterse en sus vidas.
Lo que sí podían hacer para aliviarles la carga era, simplemente, mantenerse sanos.
La noche pasó.
Cuando Isabela se despertó al día siguiente, ya pasaban de las siete de la mañana. Se sentó de golpe al ver la hora en su celular.
No se había levantado tan tarde desde que se hizo cargo del negocio familiar.
Estaba acostumbrada a madrugar, hacer ejercicio y desayunar antes de irse a trabajar.
Tal vez fue por haberse quitado un peso de encima o por el buen ambiente de la familia Castell, que la puso de tan buen humor que durmió profundamente. No soñó nada en toda la noche y se despertó pasadas las siete.
Isabela se aseó y se cambió de ropa a toda prisa.
Luego, agarró su celular y abrió la puerta.
Agustín estaba parado justo afuera, como si estuviera a punto de tocar.
Cuando la vio abrir, bajó la mano y dijo con una sonrisa:
—Buenos días, Isa. ¿Dormiste bien?
»Te preparé el desayuno.
Aunque Isabela podía comer lo que preparaban los chefs de los Castell, Agustín igual quería cocinar para ella personalmente.
Tenía que conquistarla por el estómago.

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