Evaldo le había prometido a la mamá de Rosalinda que la mantendría alejada de los problemas, así que, aunque una parte de él sentía mucha curiosidad por ver si de verdad se volvía una coqueta cuando estaba borracha, el deber se impuso. Hizo lo que pudo por guiarla hacia la salida.
—Este vino está buenísimo… ¡Vamos a tomarnos otras dos! ¡Evaldo, ya volviste! Ven, bebe conmigo. Estoy de humor para celebrar.
Rosalinda se le colgó del brazo y se plantó en seco, negándose a moverse mientras pedía más alcohol y elogiaba el vino de esa noche.
Evaldo la sujetó con más fuerza, tratando de convencerla para que fueran hacia la puerta.
—Rosalinda, la fiesta ya casi termina. Todo el mundo se está yendo, y nosotros también deberíamos. Beberé contigo en otra ocasión.
»Si estás molesta, podemos parar de camino a casa. Puedes gritarle al cielo nocturno y desahogarte. Te sentirás mejor.
Casi arrastrándola, casi cargándola, por fin logró sacarla.
—¡Órale! ¡Cuántas estrellas esta noche… y la luna también está preciosa! Qué noche tan perfecta.
Rosalinda se detuvo y señaló las estrellas. Luego, sin previo aviso, se dejó caer sobre Evaldo, apretujándole la cara con las manos.
—Oye, guapo. ¿Quieres ver las estrellas conmigo? Mmm… tu piel está un poco áspera. Deberías cuidártela mejor. No se siente muy bien.
Rosalinda hasta se quejó de la textura de la piel de Evaldo.
Él no sabía si reírse o no. Su madre tenía razón. Rosalinda borracha era un peligro con las manos.
Al menos, como él era su acompañante esa noche, nadie se sorprendería por sus payasadas.
—Rosalinda, vámonos. Podemos admirar la luna cuando lleguemos a casa, ¿sí?
La apuró, pero después de una docena de pasos, ella se soltó y se fue en otra dirección.
Evaldo, por instinto, la siguió.
Los ojos oscuros de Osiris brillaron y enarcó las cejas al verle la cara sonrojada. Era obvio que estaba borracha.
Y decían que tenía una «increíble tolerancia al alcohol». Esos rumores tenían que ser falsos.
En todos sus años de rivalidad, era la primera vez que la veía borracha. Tenía las mejillas sonrosadas y su habitual actitud dominante se había suavizado hasta volverse adorable.
¡Se veía hermosa!
—Oye, guapo, ¿por qué te pareces tanto a ese patán de Osiris? —preguntó Rosalinda mientras sus manos volaban hacia la cara de él, recorriendo su mandíbula con una devoción etílica.
—Guau, qué bien cuidada tienes la piel. Mejor que la del tipo de antes.
Osiris se quedó sin palabras.
Le lanzó a Evaldo una mirada de asombro, preguntándole sin palabras: «¿Qué demonios está pasando? ¿Qué le pasa a Rosalinda?»

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