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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 1169

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Rafaela se sentó frente a la pasarela, observando a las modelos. Llevaban un maquillaje idéntico al suyo y tenían la misma estatura y figura. Desfilaban con los vestidos de novia para que Rafaela los evaluara desde su asiento.

En el país, no era fácil encontrar modelos con las proporciones exactas de Rafaela, por lo que algunas habían sido traídas desde el extranjero tras una semana de audiciones. Eran más de cien modelos en total. Tras bambalinas, había un caos de maquillistas y estilistas arreglándolas apresuradamente, todo con el único propósito de que la señora pudiera elegir su vestido principal perfecto.

Rafaela se apoyó la sien en la mano, recostándose perezosamente mientras sostenía un jugo natural a temperatura ambiente. Solo de ver pasar a tanta gente, ya se sentía mareada.

Cerró los ojos un momento. El gerente, notando su fatiga, detuvo inmediatamente la pasarela. Las modelos se quedaron inmóviles, esperando instrucciones.

—¿Se encuentra bien, señorita Rafaela?

—El señor Liberto...

Liberto había terminado de afinar los detalles de la boda y llegó de inmediato para hacerle compañía. Se sentó a su lado, y el gerente discretamente se apartó.

—¿Estás cansada? —Liberto le tomó la mano e hizo una señal. Al instante, las modelos volvieron a desfilar, esta vez a un ritmo más lento—. Te ayudaré a elegir, ¿te parece?

Rafaela lo miró, sintiendo una mezcla de enojo y gracia.

—Ya llevamos años casados, no somos unos... —iba a decir "recién casados", pero considerando la ocasión, prefirió guardárselo para no arruinarle la ilusión. Suspiró y eligió al azar uno de los vestidos que acababa de pasar. Era un diseño de corte sirena con escote palabra de honor, sencillo y nada recargado, acompañado de un velo blanco sutil. Cuanto más simple era el vestido, más dependía del peinado y el maquillaje para destacar.

Verla tomar una decisión con tanta apatía hizo que a Liberto se le oprimiera el pecho. Cuando ella hizo el ademán de levantarse, él le apretó la mano con suavidad.

—Si no te gusta ninguno de estos, ¿te gustaría probarte el vestido que elegiste hace años y que nunca pudiste usar?

Apenas terminó de hablar, dos empleados acercaron un carrito con una vitrina de cristal. Dentro estaba el mismísimo vestido que Rafaela había elegido tres años atrás. Aquella vez, habían acordado ir juntos a probarse la ropa. Ella lo esperó en la tienda por más de seis horas, y por más que le insistió, él nunca llegó.

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