Rafaela apretaba el celular con tanta fuerza que parecía ignorar el dolor en su mano. Con los ojos inyectados en sangre, lo fulminó con la mirada.
—¿Cuántas cosas más... me estás ocultando?
—Liberto, ¿a qué le tienes miedo?
—Te llenas la boca diciendo que es por mi bien, ¡pero todo lo que haces nunca ha sido por mí! Las encubriste una y otra vez. ¿Ese es tu supuesto amor? ¿No te parece que tus sentimientos son demasiado baratos?
Llena de rabia, Rafaela arrojó el teléfono con todas sus fuerzas contra el ventanal. El aparato salió volando, impactó contra el cristal y cayó al suelo. La pantalla se hizo añicos, parpadeó una última vez y se apagó por completo.
Liberto ignoró el teléfono destrozado, se acercó a ella y la envolvió en un abrazo apretado.
—Perdóname. Te hice enojar de nuevo.
—Ya te lo dije, lo único que me importa es que estés bien. Si no quieres seguir con la boda, podemos... cancelarla ahora mismo. Cuando estés lista, la planeamos de nuevo, ¿te parece?
—Yo hablaré con el Sr. Fernández. No tienes que preocuparte por eso.
Más que su odio, Liberto temía que sus emociones se desbordaran como una represa rota, destrozando su cuerpo y amenazando a ese frágil corazón.
—Te encontraré un donante compatible. Volverás a vivir como antes.
—Pídeme lo que quieras y te lo daré.
Los ojos de Rafaela irradiaban dolor y resentimiento, como si estuviera a punto de devorarlo vivo.
—¿Por qué cada vez que sufro, el culpable siempre eres tú?
—¡Liberto! Te odio.
Impotente ante ella, Liberto solo pudo ceder con resignación.
—Lo siento.
La voz de Rafaela era fría y cortante como el hielo.
—La boda... seguirá en pie.
—Pero el día que mi papá falte, nos divorciamos. Y tendrás que firmar los papeles.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...