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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 1194

Rafaela ni siquiera sabía a qué hora se había levantado él. Después de hacer el amor, se había quedado sin una gota de energía; estaba tan cansada que durmió de un tirón hasta ahora, solo para encontrar a Liberto, en pijama y delantal, preparando algo de comer en la madrugada.

—Pruébalo —dijo Liberto, sirviéndole un tazón de sopa.

Rafaela tomó el tazón y le dio un sorbo. El sabor era realmente bueno.

No parecía la sazón de Floranova; debía ser un plato típico de Pueblo Dorado. Sin embargo, ese sabor... le resultaba familiar, como algo que había probado en su infancia, aunque no estaba segura. Había pasado tanto tiempo que sus recuerdos estaban un poco borrosos.

Salió de la cocina con su sopa y vio que en la mesa había varios platos más.

—¿Te quedaste despierto hasta tan tarde solo para levantarte a cocinar todo esto? —preguntó mientras se sentaba a la mesa, agarrando una costilla directamente con las manos y dándole un pequeño mordisco.

El celular de Liberto estaba sobre la mesa y comenzó a vibrar con una ráfaga de notificaciones seguidas. Rafaela estiró la mano para tomarlo, pero antes de que pudiera rozarlo, él le sujetó la muñeca. Ella levantó la vista, mirándolo con frialdad; su orgullo ya estaba empezando a asomarse. Al ver su reacción, Liberto le acercó el plato de arroz antes de sentarse a su lado.

Si no me dejas verlo, no lo veo. Tampoco es para tanto.

Ya no quiero comer.

Rafaela se levantó de mal humor, dispuesta a irse, pero Liberto no le soltó la mano. Simplemente tomó unas servilletas y comenzó a limpiarle los dedos.

—Primero límpiate las manos, luego miras.

—¡Te doy asco! ¡Ja! —soltó ella—. Claro, como tú eres el único limpio.

—El teléfono está sucio —explicó él con calma—. Si lo tocas y luego te llevas las manos a la boca, vas a llenarte de bacterias y te vas a enfermar.

—Límpiate bien, y luego lo revisas.

Rafaela pensó que solo era una excusa para evitar que viera su celular. Con su otra mano, la que aún estaba llena de grasa, alcanzó el dispositivo y se lo arrebató.

—Tú siempre vigilas mi teléfono, ahora yo voy a revisar el tuyo. ¿Tienes algún problema? ¡Eh!

—No me atrevería —respondió él, sin inmutarse.

—Yo no soy como algunos, que andan haciendo las cosas a escondidas —murmuró ella, quejándose, mientras Liberto terminaba de limpiarle meticulosamente la otra mano.

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