Durante el choque, alguien había apuntado directamente al parabrisas de ese Maybach negro...
Todo el suceso no duró ni un minuto, ¡quizás solo fueron unos segundos!
Rafaela no olvidaría ese carro. La matrícula que apareció en la televisión era la de Liberto, y quien conducía era él...
Disparos, choque, incendio...
Independientemente de la causa del accidente, cualquier persona normal no podría haber sobrevivido a un incendio de esa magnitud.
La voz de su padre resonó en su mente al mismo tiempo: «...Sobre la situación de Liberto, debes prepararte mentalmente, tal vez nunca despierte».
Y las palabras de Mauricio: «...Nos informaron que esa zona no es segura. El joven señor tiene asuntos pendientes en Francia y se quedará un tiempo más. Me ordenó que usted regresara al país por ahora; cuando esté segura en casa, él resolverá los asuntos en Francia y volverá».
—¡Ya basta! —gritó Rafaela de repente, estrellando el control remoto contra el televisor. La pantalla resistió, pero al control se le salieron las pilas—. ¡Todo esto fue tu elección! ¡Aunque te robaran, el Grupo Jara podía cubrir esas pérdidas! ¡Son solo mil millones de pesos, y tú arriesgas la vida por eso! ¡No necesito que finjas sacrificarte por mí!
—Señorita Rafaela...
El repentino estallido de Rafaela asustó a todos los presentes.
Rafaela dio media vuelta y corrió escaleras arriba hasta su habitación. Se sentó al borde de la cama, abrió un frasco blanco con manos temblorosas y se tragó varias pastillas. Las imágenes del accidente, el fuego devorándolo todo, no se iban de su cabeza.
Cerró los ojos, repitiéndose una y otra vez que Liberto solo estaba pasando por lo mismo que ella vivió. Ella también estuvo a punto de morir en aquel accidente.
Abrió los ojos y, en el instante en que sus largas pestañas bajaron, una lágrima rodó por su mejilla...
Le temblaba el corazón entero, le temblaban las manos. Esa sensación familiar de dolor punzante le llegaba hasta la punta de los dedos.
«Si fuera por mí, jamás permitiría que derramaras una sola lágrima».
Acababa de salir del hospital; no debería tener estas emociones tan fuertes.
—Me... me duele mucho.
—¿Qué tiene Penélope que no tenga yo? ¿Por qué... por qué él simplemente no me quiere? Desde que murió papá, solo lo tenía a él, ¿por qué tuvo que lastimarme tanto?
—¡Por qué tuvo que fallarme así!
—¡Yo lo amaba de verdad!
Rafaela lloró a gritos. A diferencia de aquella noche, esta vez eligió no reprimir sus emociones.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...