Leandro estaba ciego.
No distinguía el día de la noche.
Vivía constantemente en la oscuridad.
—¿Qué hora es? —preguntó, dando unas palmaditas en la cama.
—Las doce —respondió Benito Mancilla, bajándose del sofá y acercándose mientras bostezaba—. ¿Necesitas algo?
—¿Las doce del mediodía o de la noche?
—De la noche —suspiró Benito.
—Ayúdame a levantarme.
—¿Quieres ir al baño?
—No, voy a levantarme a trabajar.
—Leandro, es hora de dormir. Descansa y cuando amanezca te despierto para que atiendas el trabajo.
—No puedo dormir —dijo Leandro, incorporándose por sí mismo.
Benito se apresuró a sostenerlo, presionando suavemente sus hombros.
—Si no puedes dormir, acuéstate igual. Reposar también le hace bien al cuerpo.
—Acostado de día, acostado de noche... si sigo así me van a salir úlceras en la espalda, me voy a pudrir y no tardaré en morirme —espetó Leandro, apartando las manos de Benito.
Benito cerró la boca.
Tomó un abrigo y se lo puso sobre los hombros, le ayudó a calzarse y lo sentó en la silla de ruedas.
La ceguera era una tortura insoportable.
Si no podía ver, ¿qué se suponía que iba a hacer?
Pero no podía herir su orgullo.
Benito se rascó la cabeza, simulando que comenzaba su jornada laboral.
—Leandro, voy a seguir leyéndote los correos. Si alguno necesita respuesta, solo dímelo.
—Bien.
Benito abrió la computadora.
Comenzó a trabajar.
—El director de Estética Eterna S.A. en el parque tecnológico, te envió un correo privado. Pregunta si el Grupo Corona tiene intención de vender ese terreno, quieren comprarlo para construir dormitorios para sus empleados.
Leandro, con los ojos cerrados, respondió:
—Dile que el terreno no está a la venta.
—Entendido.
Benito tecleó rápidamente.
Siguiente correo.
—Marcos, del Banco de Criogenia 'Reflejo', te mandó un correo encriptado. Dice que Isabel se contactó con él ayer, pidiendo explícitamente retirar lo que tenías guardado allí...
A Benito se le congeló la lengua.
Abrió los ojos de par en par, mirando a Leandro.
—Tú e Isa se aman tanto, su relación es tan perfecta... ¿Por qué ella...?
¿Por qué recurriría a un banco de criogenia?
Si Isabel quería quedar embarazada, Leandro estaba ahí mismo.
Sus lesiones oculares no afectaban su capacidad física; seguía siendo un hombre fuerte, musculoso, con una excelente salud reproductiva.
Tenía un millón de dudas, pero no se atrevió a decir nada, y mucho menos a preguntar.
Eran tiempos muy delicados, quién sabía cuántos secretos oscuros se movían en las sombras.
Si el tema se desviaba hacia la posibilidad de que Leandro estuviera siendo engañado, su ya frágil orgullo quedaría hecho pedazos.
—Dáselo —ordenó Leandro.
—¿Qué? —Los ojos de Benito casi se salen de sus órbitas.
—Responde a Marcos: si la señorita Molina lo pide, que se lo dé.
—...Entendido.
Se escuchó un ruido proveniente del primer piso.
—¡Isa ya llegó! —Benito se apresuró a enviar el correo, cerró la laptop y dijo—: Leandro, mejor vuelve a la cama.
—Está bien.
Mientras la silla de ruedas se acercaba a la cama grande, Isabel apareció en la puerta de la habitación.
—Leandro, ¿aún no te duermes?
Benito giró la silla para que quedara frente a ella.

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