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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 5

La mansión Corona era una residencia espectacular, rodeada de inmensos jardines y senderos de piedra.

En la parte más profunda del jardín trasero se alzaba El Salón Ancestral, un lugar reservado únicamente para las reuniones familiares en fechas especiales.

Justo detrás de El Salón Ancestral había un pequeño edificio de forma cuadrada conocido como El Pabellón de la Disciplina.

Este pabellón permanecía cerrado todo el año. Sin ventanas abiertas, era un lugar lúgubre donde nunca entraba la luz del sol.

El agua utilizada para regar las plantas del jardín se filtraba bajo la estructura, por lo que el suelo de ladrillos de El Pabellón de la Disciplina estaba siempre húmedo. Entre las grietas proliferaban unos extraños insectos negros, de cabeza puntiaguda y múltiples patas.

Eran insectos largos y delgados, con cuerpos segmentados que se retorcían mientras vagaban por todas partes.

Sofía se envolvió las piernas con la falda de su vestido para evitar que los bichos se metieran por debajo y la picaran.

Pero el nido parecía extenderse por todo el piso; los insectos tenían demasiado espacio para moverse.

Por más que cubrió sus muslos, no pudo proteger sus pantorrillas, y ya le habían picado los tobillos varias veces.

Agachó la cabeza para rascarse, y al respirar, una fuerte oleada de olor a encierro y moho invadió sus pulmones. El hedor a humedad se mezclaba con el olor rancio de los insectos.

Se sentía como si el aire mismo fuera tóxico.

*Cof, cof, cof...*

Desesperada, se abalanzó contra la puerta pesada y empezó a golpearla.

Quien abrió fue un guardaespaldas que llevaba unos enormes lentes oscuros que le cubrían media cara. El hombre tenía orejas inusualmente grandes, pero al lóbulo de la derecha le faltaba un pedazo, dejando un corte inclinado.

Por sus conocimientos en medicina, Sofía dedujo de inmediato que esa herida era producto de una pelea; el lóbulo se lo habían arrancado con una navaja o un objeto cortante, dadas las marcas cicatrizadas de la incisión.

El guardaespaldas de orejas grandes le preguntó con voz rasposa: —¿Qué quieres?

—Por favor... déjame salir. El aire es asfixiante... *cof, cof*...

La respuesta del hombre fue aún más helada: —¿Ya firmaste los papeles de divorcio?

Sofía negó con la cabeza, todavía tosiendo y cubriéndose la nariz y la boca.

¡Pum!

La puerta se cerró violentamente frente a ella.

Sofía se volvió a sentar. Una oscuridad infinita y agobiante volvió a devorarla.

El tiempo parecía haberse desprendido de su realidad.

Afuera el sol saldría y se ocultaría, el viento soplaría y se detendría, pero en su mundo, todo estaba estancado.

A los lados de la enorme puerta de madera tallada había un par de pequeños huecos en forma de rombo, apenas del tamaño de una mano.

La poca luz que lograba filtrarse por esos pequeños rombos era su única conexión con el exterior, el único rayo de esperanza en su encierro.

Capítulo 5 1

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