La última vez que había tenido intimidad con Leandro fue precisamente el día que él regresó de viaje. Su mutua desesperación por verse se desbordó. Había sido una noche intensa y agotadora; ella terminó destrozada de cansancio, pero él seguía insaciable.
Leandro la exprimió de tal manera que, al día siguiente, sus piernas delgadas apenas y la sostenían; simplemente no tenía fuerzas para levantarse de la cama.
Si hacía cuentas estrictas sobre su ciclo menstrual...
Llevaba ya más de quince días de retraso.
¡Estaba embarazada!
¡Llevaba en su vientre a un hijo de Leandro!
Ahora que cargaba en su interior el fruto del amor que tanto atesoraba, no podía quedarse de brazos cruzados esperando la muerte.
Su cuerpo ya estaba operando con reservas mínimas; si seguía sin comer, la desnutrición severa provocaría que su organismo abortara. En su embarazo anterior...
Sofía arrastró su cuerpo demacrado hasta la puerta de madera y comenzó a golpearla con puños débiles: —¡Abran! ¡Tengo algo que decir!
Quizá porque los guardias llevaban casi veinte días sin escucharla hacer un solo ruido, a ellos también les picó la curiosidad de ver si seguía respirando.
El jefe de seguridad de las grandes orejas quitó el candado y abrió la puerta. Su rostro seguía parcialmente cubierto por las enormes gafas negras.
Sofía notó cómo las comisuras de los labios del guardia temblaron y se hundieron en una mueca de espanto y asco indisimulable.
Era evidente que su aspecto de cadáver descompuesto le había revuelto el estómago al pobre diablo.
El hermoso vestido rojo, que antes se ceñía a su silueta, ahora colgaba suelto sobre sus huesos, habiendo perdido varios kilos en menos de veinte días.
Se veía como si anduviera arrastrando un costal sucio y ensangrentado sobre su esqueleto.
Con una mano aferrada a la pared para no caer, el rostro desfigurado por el dolor, el ceño fruncido y parpadeando para soportar el ardor de la luz solar en sus pupilas tras tanto tiempo a oscuras, se paró frente al corpulento guardia.
—Necesito ver a Leandro. Dile que venga de inmediato.
El hombre recuperó la compostura y le soltó con frialdad: —¿Ya estás lista para firmar tu divorcio?
Sofía sabía perfectamente que no podía usar el argumento de su embarazo para ganar compasión o un mejor trato.
Si Arturo Corona se llegaba a enterar de que esperaba un heredero, no solo el niño jamás llegaría a nacer, sino que los Corona se asegurarían de refundirla en prisión para siempre y dejarla pudrirse ahí hasta morir.
El jefe de guardias le negó de tajo la petición de ver a Leandro.
En un intento desesperado, suplicó que le permitieran hablar con Alberto.
El entrañable y afable mayordomo regordete siempre la había protegido a su manera.
Para su sorpresa, esta vez el jefe de seguridad accedió.
Alberto llegó esa misma noche. Los guardias se negaron a abrir la puerta principal; solo destrabaron la ventanilla que usaban para meterle la bazofia.
Sofía tuvo que hablarle al anciano a través de aquel asfixiante agujero.
—Alberto, por favor... la comida que me están dando huele a podrido, no me la puedo comer.
A Alberto se le quebró la voz, ahogado por la pena: —¡Ay, mi pobre Sofí, cuánto estás sufriendo! ¡Pero no hay nada que pueda hacer! El joven señor Corona dio órdenes muy estrictas y nadie en esta casa se atreve a llevarle la contra.

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