Sofía entrecerró los ojos.
Isabel se sorprendió un segundo, parpadeó rápidamente y, con una mirada evasiva, contraatacó:
—¿Qué tanto me ves?
La estaba observando en público como si fuera una delincuente.
¡Qué falta de respeto!
—Solo observo a alguien que tuvo que huir del extranjero y volver corriendo. No sé qué te habrá pasado de niña, pero qué retorcida es tu mente. Está claro que yo llegué primero y mi puerta se abrió antes. ¿Y encima tienes el descaro de quejarte de que yo estorbo tu vista?
—¡Tú!
Isabel fingió que se le llenaban los ojos de lágrimas y se mordió el labio con dramatismo.
Javier Quintero y Pablo Ponce, quienes estaban a su lado, salieron rápidamente en su defensa.
—Lorenzo, cuánto tiempo sin vernos —dijeron Javier y Pablo acercándose desde la puerta de la habitación 6, extendiendo la mano para saludar.
Lorenzo sonrió con calma.
—¿Ustedes también decidieron mudarse a Rosarito para hacer negocios?
—No, hoy es el cumpleaños de Leandro y venimos a celebrar con él.
Al terminar de hablar, Pablo le lanzó una mirada fulminante a Sofía.
—Y también vinimos por Isabel. Como está embarazada, no podemos permitir que le pase nada. Javier y yo siempre estaremos cuidándola.
Hizo una breve pausa.
Luego miró de nuevo a Sofía con claro tono de advertencia.
—De ahora en adelante, Javier y yo estaremos muy presentes en Rosarito para proteger a Isabel.
Lorenzo soltó una carcajada sarcástica.
—Vaya, qué lealtad tan conmovedora la de ustedes.
Pablo miró a Isabel con profunda lástima.
—Nadie sabe todo lo que Isabel ha sufrido. La han lastimado, la han atacado... Ella es una mujer pura, tierna y amable, pero alguien fue tan cruel como para arruinar su carrera y destruir sus sueños. Un desastre tras otro han caído sobre ella de forma injusta.
Apretó los puños.
Con una expresión de furia y mirando fijamente a Sofía, declaró en voz alta:
—Cualquier hombre que tenga un mínimo de decencia estará del lado de Isabel para apoyarla y hacer que se haga justicia.
¡Pfff!
Sofía no pudo contenerse y soltó una carcajada.
—¿Y todavía tienes el descaro de reírte? —gruñó Pablo, apretando los dientes.
¡Jajajajaja!

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