La casa rodante que les había regalado Yael Lira era un vehículo de lujo de clase mundial, valuado en millones. Al salir de viaje, la cabina se convertía en una mansión sobre ruedas.
Contaba con baño, cocina, una sala de estar, área de entretenimiento y cómodas camas; no le faltaba absolutamente nada.
Sentada cómodamente y mirando el paisaje por la ventana, Sofía cruzaba sus largas piernas y tomaba café recién hecho.
En la mesa circular del centro había una montaña de snacks, decorada a un costado con flores frescas que Lorenzo había acomodado personalmente.
Celeste estaba sentada frente a ella, picando algo de comida.
Sebastián y Ana habían llevado a su perrito con ellos.
Los tres estaban asomados por la ventana, hipnotizados por la vista.
El perrito tenía las patas delanteras apoyadas en la ventana y las traseras estiradas en el piso, viéndose como una salchicha alargada.
—¡Hermanito, mira qué flores rojas tan bonitas hay a un lado de la carretera! —exclamó Ana emocionada.
—¡Guau! —Ladró el perrito, moviendo la cola frenéticamente, estirándose al máximo y tratando de empujar a Sebastián.
—¿Tú también quieres ver, Estrellita?
—¡Guau, guau!
Sebastián levantó al perrito.
El perro quedó en el medio, asomando su peluda cabecita dorada entre las dos pequeñas cabezas de cabello oscuro.
El viaje continuó hasta llegar a la región donde vivía el padrastro de Karina.
En la entrada había un viejo letrero metálico oxidado rodeado de maleza seca que decía "Villa del Sur".
Junto al letrero estaba Karina, vestida con un abrigo negro acolchado que hacía resaltar su tez luminosa y radiante.
A su lado había un hombre mayor, con una sonrisa tímida y un gran canasto a la espalda. Era evidente que se trataba de su padrastro.
Sofía le pidió al conductor que detuviera el vehículo.
Fue la primera en bajar.
—¡Buenos días, señor! —saludó con una leve inclinación.
El hombre no sabía muy bien dónde poner las manos, pero respondió apresurado con los labios resecos:
—Buenos días, buenos días...
—¡Aaaah! ¡Sofi! —Karina corrió a lanzarse sobre ella, abrazándola con fuerza—. ¡Te extrañé muchísimo!
—Yo también.
A Sofía se le llenaron los ojos de lágrimas.
La rapidez de ese matrimonio...
Era como si Karina no hubiera medido la seriedad de casarse así, lo cual preocupaba un poco a Sofía.
El camino que entraba al pueblo era de un solo carril, por lo que la inmensa casa rodante no cabía y tuvo que quedarse aparcada en la entrada.
El padrastro de Karina buscó un terreno vacío para dejar el vehículo.
Ferrer y el conductor empezaron a bajar el equipaje.
El padrastro se acuclilló de inmediato, insistiendo tímidamente en que pusieran las bolsas en su canasto para cargarlas.

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