30 DÍAS… CAPÍTULO 34. Un secuestrador de cuatro estrellas
Ángel no necesitó una segunda invitación. No iba a reconocerlo delante de ella, ni de nadie, pero la verdad era que no sabía cómo empezar a imaginar una mañana en la que ella no se asomara en su baño y le dijera “conejito” mientras lo miraba con lujuria.
La besó como si no quisiera llegar a ese día. Y Allison esperaba intensidad, pero aun así el primer impacto la hizo retroceder hasta que su espalda encontró el cristal. Ángel sostuvo su rostro entre las manos mientras la besaba con una urgencia muy diferente a la de los días anteriores. Ya no había fiebre, ni heridas recién cerradas, ni cansancio que lo obligara a detenerse.
Solo quedaba lo real: el deseo, la urgencia, la complicidad. Y por un instante la sintió sonreír contra sus labios.
—Veo que los antibióticos funcionaron.
—Cállate…
—Solo estaba comprobando la evolución del paciente.
Pero Ángel volvió a besarla antes de que pudiera seguir hablando; Allison enredó los brazos alrededor de su cuello y él la acercó contra su cuerpo. Entonces desaparecieron las bromas. Los besos se hicieron más lentos por momentos y desesperados al siguiente, como si ninguno de los dos consiguiera prever cuánto tiempo más duraría aquello.
Ángel deslizó los labios por su mejilla hasta llegar a su cuello. Allison cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el cristal, mientras una sonrisa llena de satisfacción y lujuria se extendía por su cara.
—Definitivamente estás mejor… —jadeó mientras lo sentía pelearse con su bata de dormir.
—¿Mejor como para no contratar stripers?
—No mientras sigas dándome resultados tan satisfactorios, conejito —gimió ella cerrando los ojos mientras una mano de Ángel se colaba en su ropa interior—. ¡Dios…!
—¿Todavía puedes hablar? —rio él mientras la levantaba por la cintura, haciéndola enredar las piernas alrededor de sus caderas para llevarla a la cama.
La dejó sobre el colchón y Allison apenas tuvo tiempo de incorporarse antes de que Ángel volviera a besarla.
Esta vez fue ella quien tiró de su camiseta, porque la noche acababa de empezar, y no había ninguna duda entre ambos. Sus días pasaban en una constante tensión, provocándose, acercándose y retrocediendo, convirtiendo cada conversación en un desafío que inevitablemente terminaba llevándolos al mismo lugar. Allison recorrió con los dedos cada tatuaje antes de empezar a besarlos, y él sonrió con descaro.
—¿Estás leyendo otra vez?
—Comprobando ortografía antes de lamerla —lo provocó ella.
—¡Golosa!
Allison asaltó su boca como si cada beso fuera insuficiente. Las risas fueron desapareciendo a medida que la cercanía se volvía más íntima. Ángel se detuvo una vez, buscando sus ojos, y ella comprendió la pregunta sin que necesitara formularla.
—Sin escándalo, conejito. Voy a fingir que respeto tu pudor en la casa de tus padres.
Y eso era lo más gracioso, que en ese momento no había una tormenta esperando afuera, una infección que atender ni una investigación abierta sobre la mesa. No había un secuestrador y una secuestrada jugando a descubrir quién tenía realmente el control.
Solo estaban ellos.
Ángel la besó lentamente y Allison cerró los ojos, dejándose llevar por la calidez de sus manos, los besos que descendían por su cuello y la sensación extraña de estar haciendo algo que empezaba a parecer mitad destinado y mitad inevitable. Las últimas prendas terminaron abandonadas alrededor de la cama y la provocación se convirtió en susurros, y los susurros se convirtieron en gemidos.
En algún momento, Allison dejó de pensar en los treinta días, dejó de pensar en Oliver, en su empresa, en las botellas que estaban siendo analizadas. Incluso dejó de pensar en todas las cosas que Ángel todavía no le había contado. Aquella noche no quería respuestas. Solo quería que, durante unas horas, aquello no tuviera fecha de caducidad.
Horas después, Allison estaba acurrucada contra Ángel, con una pierna sobre las suyas y la cabeza apoyada en su pecho. Él acariciaba distraídamente su espalda mientras ambos intentaban recuperar el aliento y ella contemplaba el techo como si allí arriba hubiera un fresco de Miguel Ángel.
—Bueno… —murmuró finalmente y Ángel abrió un ojo.
—¿Bueno qué?
Ella pareció meditarlo y luego suspiró con dramatismo.
—Creo que voy a subir la calificación del secuestro —aseguró y lo escuchó reír.
—¿Cuántas estrellas?


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