30 DÍAS... CAPÍTULO 41. Una actuación brillante
Allison salió corriendo del almacén sin mirar atrás.
El suelo estaba helado bajo sus pies descalzos y cada piedra parecía empeñada en recordarle que fingir un secuestro tenía inconvenientes logísticos que nadie mencionaba en las películas. Corrió por la calle oscura, respirando con dificultad y maldiciendo entre dientes cada vez que una piedrita se le clavaba en la planta del pie.
—Esto no estaba en el plan... esto no estaba en el maldito plan... —rezongó y aquellas tres calles le parecieron tres kilómetros hasta el teléfono público, pero para cuando llegó, entre el frío y la calle, ya tenía ganas de llorar de verdad.
Se metió dentro de la cabina, levantó el auricular con manos temblorosas y marcó el número de emergencias que permitía realizar la llamada sin monedas. Necesitaba llegar a Oliver, pero no podía hacerlo directamente sin que pareciera extraño. Hizo lo necesario para que la comunicación terminara derivándose hacia él y, cuando por fin escuchó su voz, dejó que todo su cuerpo cambiara.
—¿¡Oliver!?... —Ella rompió a llorar y no discretamente, no con elegancia. Lloró como si hubiera pasado tres semanas encerrada en un agujero y acabara de escuchar la única voz capaz de salvarla—. ¡Oliver!
“¿Allison…?” La voz del otro lado sonó genuinamente sorprendida, pero ella sabía muy bien que era porque ese cabrón no esperaba que ella lo llamara. “¿Estás bien? ¿Qué te pasa…?”
—¡Oli! ¡Me secuestraron!
Hubo un silencio breve y luego algo parecido a una explosión emocional.
“¡Dios mío! ¡No puede ser, Allison...! ¿¡Dónde estás!?”
—¡¡No lo sé! —gritó ella, llevándose una mano al pecho aunque nadie pudiera verla—. ¡Estuve encerrada! ¡No sé dónde... no sé quiénes eran... solo… logré salir, Oliver, logré escapar...!
“¡Cálmate, cariño! ¡Solo dime dónde estás y voy por ti!” lo escuchó exclamar.
—¡No sé…!
“Mira alrededor. ¿Hay algún cartel?” la animó él y Allison dejó escapar un sollozo.
—Estoy en una zona alejada. Hay... hay un teléfono público. Estoy sola. Tengo miedo.
“Dame cualquier referencia que puedas ver”.
Ella leyó el nombre de la calle y describió un edificio cercano.
“Quédate ahí” ordenó Oliver. “¡Y no tengas miedo! ¡Voy por ti!”
—¡No tardes! —suplicó ella.
“No voy a tardar”.
Allison colgó, y golpeó el auricular sobre su base. Después dejó de llorar y se limpió la cara con un gesto de rabia.
—Que no tenga miedo, dice el infeliz este —siseó entre dientes—. Bueno… al menos eso salió bien.
Abandonó la cabina y se escondió en un callejón cercano. La espera fue más larga de lo que esperaba, quizás porque Oliver no estaba realmente preparado para ir a buscarla en ese momento, y aquel drama lo había tomado desprevenido.
El frío empezó a colarse por la ropa rasgada y Allison tuvo tiempo suficiente para arrepentirse de no haber exigido que alguien le dejara unos zapatos en alguna parte.
Casi una hora después vio luces acercándose y un automóvil frenó bruscamente en la calle. Oliver salió antes de que el motor terminara de apagarse y se puso a gritar su nombre.
—¡Allison! ¡Allison!
“Nop. Definitivamente la brillantez no es una cualidad de este hombre”, pensó Allison mientras salía atropelladamente del callejón y su rostro se transformaba otra vez.
—¡Oliver!
Corrió hacia él. Oliver abrió los brazos y Allison se lanzó contra su pecho con tanta fuerza que casi lo hizo perder el equilibrio.
—¡Dios mío...! —murmuró él, rodeándola—. ¡Dios mío, estás viva!
Allison enterró el rostro contra su cuello y comenzó a llorar de nuevo.
—¡Pensé que iba a morir... pensé que nunca iba a salir de ahí...!

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