30 DÍAS… CAPÍTULO 44. Nadie se compara al conejito
Allison masticó lentamente, tratando de no levantar la cabeza, porque si Oliver veía sus ojos se iba a dar cuenta de que estaba a punto de asfixiarlo con sus propias manitas.
—No quiero forzarme —dijo por fin, dejando la tostada.
—No tienes que terminarlo todo.
¡Tragedia! Allison quería terminarlo todo y probablemente comerse también la bandeja. Comió varios bocados pequeños, haciendo pausas exageradas para mantener la actuación.
Oliver pareció satisfecho, pero no era por verla comer, sino por verla resistirse a hacerlo, sabía muy bien que así la quería: débil, desorientada, agotada.
—Tengo que salir un rato —dijo él por fin y Allison levantó la cabeza.
—¿A dónde? ¿Me vas a dejar sola? ¿Te vas? —Y todo eso lo dijo con una angustia digna de un Oscar.
—Voy a buscar algunas cosas para ti, y luego a la oficina.
—¿Qué cosas? ¡Yo no necesito nada! ¡No quiero que te vayas! —exclamó aferrándose a él y Oliver sonrió sin que ella lo viera.
—Sí necesitas: ropa, tu teléfono, artículos personales. Las cosas familiares te darán seguridad.
Allison bajó los ojos.
—Todo eso está en mi casa.
—Lo sé —sonrió Oliver, y ella negó rápidamente.
—¡No quiero volver! ¡Por favor no quiero volver ahí! ¡De ahí me sacaron…! —sollozó ella aparatosamente y él tomó su mano.
—No tienes que hacerlo. Iré yo. Traeré ropa, tu computadora si la quieres, el teléfono, cosméticos... cualquier cosa que creas que pueda ayudarte a sentirte mejor.
Allison apretó sus dedos.
—Gracias.
—No tienes por qué. Eres el amor de mi vida, haría cualquier cosa por ti. Descansa mientras vuelvo.
Se inclinó y le dio un beso en la frente. Ella no se movió, esperó hasta escuchar la puerta principal y después contó lentamente. Un minuto. Dos. Cinco. Diez.
Y cuando creyó que era seguro, saltó de la cama, abrió la puerta, salió al pasillo y corrió hacia la cocina.
—¡Comidaaaaaaaaaaa!
Llegó al refrigerador, lo abrió de golpe y se quedó mirando su interior con una emoción que probablemente no había sentido ni al ver el Gulfstream.
Sacó queso, jamón, pan, frutas, yogur y cualquier cosa que pudiera comerse sin necesidad de cocinar demasiado.
—¡Esto sí es un puto rescate! —suspiró mientras preparaba un sándwich gigantesco, y luego le dio un mordisco al tiempo que abría cajones y armarios.
Los suspiros de satisfacción entre mordidas fueron más ruidosos que los gemidos de un orgasmo, pero ahora con el estómago lleno, también pensaba mejor.
Oliver había ido a buscar sus cosas, lo que significaba que probablemente tardaría bastante. Tomó otro mordisco al sándwich y miró hacia el pasillo que conducía al despacho de Oliver.
—Primero desayuno —murmuró—. Y luego trabajamos, que para pensar primero hay que comer.
Se terminó el sándwich de pie frente a la encimera, y luego abrió la despensa de par en par. Sacó algunas barras de proteína galletas y cosas que no llamaran demasiado la atención.
—Esto es por supervivencia —murmuró mientras escondía todo en su habitación—. Si tengo que fingir que no tengo apetito por la depresión, entonces moriré de hambre antes de darme cuenta.
Diez minutos después se sentía humana otra vez. No satisfecha, pero al menos, humana.
Solo entonces todos los engranajes de su cabeza se pusieron en acción. Miró hacia el teléfono fijo de la cocina y recordó cada paso del plan. Se limpió las manos y marcó el número que habían acordado antes de separarse de los Rivera.
Un restaurante chino respondió al tercer tono.
—Buenos días, quiero hacer un pedido para entrega.
Allison recitó la orden exacta, sin cambiar una sola palabra. Dos sopas, arroz frito, pollo con almendras y un plato de fideos con una especificación absurda que, en realidad, era la confirmación de que todo seguía según lo planeado.
Dio la dirección y colgó. Menos de quince minutos después sonó el timbre. Allison se apresuró hacia la entrada y antes de abrir, respiró profundamente. Había cámaras en el pasillo, eso significaba que ninguna reacción podía parecer extraña, al menos no de momento.

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