30 DÍAS… CAPÍTULO 53. Un pago atrasado
Mientras Oliver discutía con los médicos y le encargaba a ese que había recibido el cheque que estuviera disponible para él en todo momento, Allison sacó el pequeño aparato de su oído y lo dejó caer en el cesto de desechos peligrosos de su habitación, porque sabía que nadie metería la mano entre agujas usadas y gasas sucias.
Regresaron al departamento casi después de la una de la madrugada. Oliver estaba agotado y Allison también, aunque por razones completamente distintas.
Apenas entraron, ella se dejó caer sobre el sofá.
—No puedo más.
Oliver se quitó la chaqueta.
—Ve a darte un baño y descansa.
Ella miró hacia el despacho con disimulo y luego apretó los dedos de Oliver con un gesto de agradecimiento.
—Lo siento, amor.
—¿Por qué? —preguntó él con una sonrisa fácil.
—Por darte tantos problemas.
Oliver se acercó y le acarició el cabello.
—Después de la boda no tendrás que preocuparte por nada de esto. Y sobre el poder, no te preocupes, me encargaré de tu empresa mañana mismo.
Allison sonrió débilmente.
—Gracias por eso también —suspiró levantándose despacio—. Voy a bañarme. Huelo a hospital.
—¿Necesitas ayuda?
—No hoy… pero en nuestra noche de bodas la aceptaré —le dijo con un guiño que pretendió ser coqueto, pero solo le salió como un pestañeo torcido.
Entró en el cuarto de invitados y cerró la puerta, solo entonces dejó caer la expresión derrotada.
Se metió bajo la ducha, se lavó el cabello y permaneció varios minutos bajo el agua caliente hasta quitarse aquella sensación desagradable que le había dejado el hospital. Después se vistió con ropa cómoda, pero no un pijama, algo informal de casa, pero con lo que pudiera salir a la calle. Se secó el cabello y sacó cuidadosamente el diminuto teléfono.
—Estoy lista —dijo y la respuesta llegó inmediatamente.
“Recibido. Deshazte de todo”.
Y ella sabía que ya los Rivera habían hecho limpieza, lo único que quedaba era aquel teléfono, así que abrió un poco la ventana y lo dejó caer fuera de ella.
Respiró profundamente, sabiendo que ya no había vuelta atrás, y salió a la cocina para servirse un vaso de agua. Volvía con él cuando vio a Oliver revolviendo su maletín ejecutivo en la sala.
—¿Estás bien? Pensé que ya te habrías acostado.
—No… no puedo encontrar el poder que firmaste hoy —respondió él sin mirarla.
“Claro que no vas a encontrarlo porque ya mi cuñadita lo sacó, idiota”, pensó ella mientras volvía a fingir cara de preocupación.
—No puede ser… creí que lo habías guardado en tu despacho —murmuró.
—Yo también… juraba que lo había dejado en la caja fuerte, pero no está ahí… —masculló Oliver con impaciencia—. Pero fue cuando tú te sentiste mal, a lo mejor lo dejé en otro lado sin darme cuenta…
—Sí, eso debe ser. Te ayudo a buscarlo —aseguró ella y empezó a revolver cojines al mismo tiempo que contaba mentalmente hacia atrás.
Estaba cerca… muy cerca…

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