30 DÍAS… CAPÍTULO 59. Una investigación desviada
La salita ya había dejado de sentirse fría, y el ambiente se había tornado de un momento a otro mucho más tenso, como si la verdadera investigación estuviera a punto de empezar.
—¿Qué clase de cosas vio, señorita Hayes? —se interesó Morgan, porque esa podía ser perfectamente una razón para la acusación falsa de secuestro.
—Documentos —explicó Allison mirando al centro del escritorio, como si tratara de recordar—. Había visto papeles que me preocuparon. Movimientos, contratos, algunos registros relacionados con sus empresas.
La detective frunció el ceño.
—¿Dónde?
—En el despacho de su departamento, y en su caja fuerte.
—¿Usted tenía acceso?
—Soy su prometida. He estado allí muchas veces —respondió Allison.
—¿Y qué vio exactamente? —insistió la detective.
—No puedo decirle qué tan graves eran los documentos, porque no tuve tiempo de estudiarlos. Pero recuerdo suficientes irregularidades como para saber que algo no estaba bien con su empresa, y mucho menos con los memorándums internos…
—Memorándums ¿sobre qué?
—Sobre sus productos, sobre alteraciones y venta más barata. Aunque la verdad no entendí por qué —respondió Allison.
—¿Se lo preguntó al señor Crewman en algún momento?
—Sí, pero eso fue peor. —Allison soltó una risa corta, sin humor.
—Se puso a la defensiva enseguida, cambió de tema. Me dijo que estaba interpretando cosas que no entendía y que no tenía por qué preocuparme por sus negocios.
La detective hizo otra anotación.
—¿Y usted interpretó esa reacción como culpabilidad?
—La interpreté como miedo —murmuró ella pensativa.
—¿Miedo a qué? —siguió interrogándola Morgan y ella sostuvo su mirada.
—A que yo siguiera haciendo preguntas. Mire no le quiero poner un nombre demasiado espiritual pero llámele instinto. Simplemente fue una de esas cosas que me pusieron de punta el cabello de la nuca.
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Quince minutos después, fuera de las salas de interrogatorio, Ferguson se acercó a una máquina de café malo y se peleó con ella mientras la detective Morgan se acercaba del otro lado, dispuesta a pelearse con la máquina incluso peor.
—Creo que tenemos un problema interesante entre manos —apuntó él mientras caminaban hacia una pequeña oficina de conferencias. Pusieron una junto a otra las declaraciones, y Ferguson las señaló con calma.
—Hayes y Rivera coinciden en todo —murmuró.
—¿Y no es posible que se hayan organizado en cuanto a la historia? —preguntó Morgan.
—¿En qué tiempo? Los separamos desde que el equipo irrumpió, no han hablado. Es imposible que compartan tantos datos similares a menos que sean verdad. Esos dos le estaban poniendo los cuernos a Crewman, y él trató de vengarse fabricando una acusación de secuestro.
—Pero eso solo sería vengarse de Rivera —apuntó la detective, pensativa—. Todavía parece que pretende casarse con la señorita Hayes…
—Y no se le ve en la cara que la quiera mucho. Entonces ¿por qué mantener la boda? —reflexionó Ferguson.
—Quizás por lo que ella sabe de él. Dijo que vio documentos comprometedores en su despacho, y en su caja fuerte.
De repente su compañero frunció el ceño, dejó el café malo a un lado y se cruzó de brazos.
—Crewman estaba demasiado preocupado cuando le dije que el contenido de la caja fuerte sería considerado evidencia para los federales —recordó—. No quería alejarse de ninguna manera.

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