30 DÍAS… CAPÍTULO 65. Protegida, no escondida
—¿Oliver sigue en la cárcel o ya fue liberado? —fue la primera pregunta de Allison y Ferguson guardó silencio unos segundos antes de contestar.
—El asunto de Crewman se complicó esta tarde. Lo dejaron salir bajo fianza, pero le retiraron el pasaporte —explicó—. No puede abandonar el país mientras continúa la investigación. Y el caso ya está trascendiendo públicamente.
—Era cuestión de tiempo. —Ángel cruzó los brazos con un gesto sombrío.
—No sabemos quién filtró parte de la investigación, quizás algún novato —espetó Ferguson con incomodidad—. La cuestión es que los medios empezaron a soltar la información relacionada con el caso del vino adulterado. A estas alturas contener la noticia será prácticamente imposible.
Ángel miró a Allison y su mandíbula se tensó con impotencia.
—En cuanto los mercados reaccionen, las acciones de su empresa empezarán a caer.
Ferguson asintió.
—Una acusación relacionada con adulteración de productos de consumo no es precisamente una noticia que inspire confianza. ¡Es mil veces preferible que lo acusen de ladrón que de poner en riesgo la salud de la gente! —confirmó Ferguson.
—Con una noticia de ese tamaño —añadió Ángel—, la quiebra puede ser cuestión de días si se produce una retirada de distribuidores, inversores y clientes.
—Especialmente si aparecen más pruebas —dijo Ferguson—. Aunque todavía estamos hablando de una investigación en curso. No voy a dar por hecho un resultado antes de tiempo.
Allison permaneció pensativa. Oliver estaba perdiendo el control, su reputación, su empresa, su capacidad para abandonar el país y posiblemente su libertad. Esa era la definición de un hombre acorralado.
—Pero hay algo que no encaja. —Ferguson volvió a mirar el departamento y señaló el desastre—. Incluso suponiendo que Crewman esté detrás, no veo el motivo. Entrar aquí es un riesgo enorme. Si está bajo investigación federal, tendría que ser extraordinariamente estúpido para añadir un allanamiento a sus problemas.
—Está desesperado —dijo Ángel.
—Y la desesperación explica asumir riesgos —concordó el policía—. Pero eso no explica qué buscaba.
Allison se quedó inmóvil. De pronto, todas las piezas encajaron: los cajones, los documentos, los lugares específicos que habían revisado.
—Sí tiene un motivo —dijo y Ferguson volvió la cabeza hacia ella.
—¿Cuál?
—Oliver está buscando algo que cree que tengo —murmuró Allison.
Ferguson dio un paso hacia ella.
—Señorita Hayes, alguien acaba de entrar ilegalmente en su casa. Si sabe qué estaba buscando, este sería un buen momento para decirlo.
Allison miró a Ángel, y él lo comprendió en un segundo.
—Está buscando un poder legal que firmé hace un par de días. Un poder extendido para la unificación patrimonial después del matrimonio. Le daría facultades para manejar mi empresa en caso de que yo estuviera incapacitada para hacerlo.
El detective tardó un instante en reaccionar.
—¿Y usted por qué firmaría algo como eso? —la interrogó Ferguson restregándose la cara.
—Fue un error de juicio necesario.
Allison contempló el desastre que la rodeaba. Ahora entendía algo que Oliver todavía no sabía. Él podía perder su empresa, su dinero y su libertad. Pero todavía creía que tenía una última salida: la empresa de Allison. Y acababa de demostrar hasta dónde estaba dispuesto a llegar para conseguirla.
—Creo que Oliver está buscando una alternativa por si su propia empresa se hunde. —Allison hizo un gesto hacia la sala—. Si sabe que la investigación puede destruirlo, necesita otro lugar del que obtener dinero, activos o capacidad de negociación. Mi empresa es una opción bastante atractiva.
—Especialmente si cree que todavía puede ejercer algún tipo de control sobre ella —añadió Ferguson—. Tenemos que recuperar ese documento antes que él…
—No se preocupe por eso, ese documento ya no existe —sonrió Angel y Allison no estaba preocupada porque sabía que él lo había sacado el día que habían ido a revisar la caja fuerte mientras ella estaba en el hospital. Sabía que Angel jamás habría permitido que aquel riesgo siguiera existiendo.
El detective arqueó una ceja, impresionado.
—¿Lo destruyeron?

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