30 DÍAS… CAPÍTULO 67. La admisión de una culpa
Oliver se quedó lívido y durante varios segundos no pronunció una sola palabra. La furia que había mostrado al entrar desapareció de su rostro y fue sustituida por algo que Allison reconoció inmediatamente: miedo.
—¿Qué acabas de decir?
Pero ella no apartó la mirada.
—Me escuchaste perfectamente. Tú mandaste a secuestrarme, Oliver. ¿De verdad creíste que no me enteraría?
Oliver retrocedió, pero por su expresión era demasiado evidente que ya estaba buscando otra salida.
—¡Ese hijo de put@ te llenó la cabeza de mentiras! —escupió—. ¡¿Le crees a él antes que a mí?!
— Si de verdad estabas esperando defenderte con esa excusa barata, mejor ahórratela —se rio Allison—. Ángel no tuvo que contarme nada.
—¿Y esperas que crea eso?
—No me importa lo que creas.
Oliver apretó los puños con desesperación.
—No conoces a ese tipo, Allison. No tienes idea de quién es realmente ni de…
—Quizá deberías dejar de preocuparte por lo que me contó Ángel y empezar a preocuparte por lo que escuché yo —lo interrumpió ella y Oliver se detuvo.
—¿Qué escuchaste?
—A ti. Te escuché a ti intentando extorsionarlo para obligarlo a secuestrarme cuando todavía creías que Ángel no era nadie —sentenció Allison y esta vez no sonreía—. Cuando pensabas que solo era un pobre hombre desesperado al que podías controlar.
—Allison...
—Escuché cómo le ordenabas que me quebrara.
Oliver palideció todavía más y retrocedió como si alguien le estuviera apuntando con un arma.
—¡No sabes de qué estás hablando…!
—¡Lo escuché de tu propia boca, Oliver! —le gritó ella—. Había ido a llevarte las invitaciones definitivas de la boda, estaba detrás de esa puerta cuando le dijiste que yo era demasiado independiente, que mientras siguiera controlando mi empresa jamás podrías hacer lo que querías con ella. Querías quebrarme para poder robarme mi propia compañía.
Oliver abrió la boca, pero ninguna palabra salió de ella, y por primera vez desde que lo conocía, Allison lo vio completamente mudo.
—¿No tienes ninguna mentira preparada para eso? —preguntó, pero él tardó varios segundos en reaccionar.
—Si supuestamente sabías todo eso... —Su expresión cambió lentamente, como si por fin comprendiera—. Por eso mentiste.
Allison arqueó una ceja.
—¿Sobre qué?
—A la policía. —Oliver señaló hacia ella—. ¡Por eso dijiste que ese tipo era tu amante! ¡Por eso negaste el secuestro! ¡Sabías lo que había ocurrido y aun así mentiste para protegerlo!
Y en ese momento Allison ni siquiera evitó la carcajada que le salió del pecho.
—¿Qué te resulta tan gracioso?
—Que sigues sin entender nada.
—¡Entonces explícamelo!
—¡Por supuesto que Ángel es mi amante! —exclamó ella—. Por supuesto que me acosté con él, que avisé a mi socio que me iba de vacaciones la noche antes de que me “secuestraran”, y pasé las siguientes semanas con él, comprendiendo por qué definitivamente debía quedarme con él y no contigo. —Oliver se quedó inmóvil y Allison sonrió—. Tu problema, querido, es que elegiste muy mal al tipo al que le pediste que me secuestrara.
—¡Hija de put@! —exclamó furioso—. ¡¿De verdad te acostaste con él?!
Y Allison lo miró con una lástima que estaba destinada a enojarlo más.
—¿Tú qué crees? Pasamos unos días deliciosos en esa cabaña.
La mandíbula de Oliver se tensó.
—¡Mientras yo creía que…!

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