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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 198

30 DÍAS… CAPÍTULO 74. Una conversación tras la pared

Ángel se marchó aquella mañana, y la despedida fue mucho menos dramática de lo que Allison habría querido admitir que esperaba.

Él recogió las pocas cosas que tenía en el apartamento, se duchó, se vistió y tomó café con ella. Hablaron de cualquier cosa menos de ellos: Ferguson, la cara de Oliver cuando descubrió que el vino no ardía, el hecho de que Ángel probablemente tendría que explicar durante años por qué había considerado buena idea arrojar un mechero encendido a un sospechoso.

Después llegó el momento y Ángel dejó la taza en el fregadero.

—Tengo que irme.

Allison asintió.

—Lo sé.

—Tienes mi número, el de mi hermana, mi madre, mi padre, mis abogados… Todos vamos a responder de inmediato si necesitas algo, pero por favor, cuídate.

—Siempre lo hago.

Ángel arqueó una ceja.

—En los últimos treinta días te dejaste secuestrar voluntariamente, robaste una camioneta, regresaste con tu secuestrador, investigaste a un criminal, te infiltraste en su vida, engañaste a la policía, fingiste una hemorragia, ayudaste a montar una falsa extorsión y ayer entraste en una bodega que podía incendiarse.

—Cuando lo enumeras así, parece irresponsable —se carcajeó Allison y le rodeó el cuello con los brazos.

—Te voy a extrañar.

Él la abrazó más fuerte y esta vez ninguno hizo bromas.

—Adiós, conejita —murmuró él abriendo la puerta.

—Adiós, conejito.

Y cuando la puerta volvió a cerrarse, Allison sintió que aquel duelo estaba lejos de terminarse, porque para terminarlo debía saber exactamente qué le dolía de todo lo que estaba perdiendo.

Así que hizo lo único que podía hacer: ahogarse en el trabajo.

Y en eso estaba aquella tarde, cuando Stephen apareció en la puerta de su oficina.

—Tienes visitas —anunció y Allison levantó la mirada de la computadora.

—¿Quién?

No necesitó respuesta.

—¡Cuñaditaaaaa!

Alejandra apareció detrás de Stephen con los brazos abiertos y Allison se levantó inmediatamente.

—¡Cuñaditaaaaa!

Se encontraron a mitad de camino, con aquellos brinquitos universitarios, y se abrazaron.

—Voy a extrañarte —protestó Alejandra.

—Tienes mi teléfono.

—No es lo mismo. ¿Con quién voy a hablar mal de mi hermano ahora?

—Puedes hablar conmigo de tu hermano desde Los Ángeles. Sobre todo si vamos a reírnos de él.

—¡No podré ver tu cara cuando te cuente cosas vergonzosas! —se quejó Alejandra.

—Videollamada.

—¡Aguafiestas! ¡Quiero quedarme o que te vayas conmigo, pero tú no cooperas ninguna y el tarado de mi hermano tampoco!

Sammy y Darío entraron detrás de ella, y Allison miró automáticamente hacia la puerta, pero nadie más apareció.

—¿Se van? —preguntó con un dolorcito extraño en el pecho al que le daba miedo llamar por su nombre.

—Esta noche —respondió Darío—. Ya no tenemos ninguna razón para seguir en Nueva York.

—Ven a visitarnos. —Sammy la abrazó—. Y no es una invitación educada, voy a perseguirte si no vienes.

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