CAPÍTULO 80. Un hombre pateado del nido
Ángel llevaba demasiado tiempo comprobando el equipo. Allison lo había notado desde que salieron del puerto. Primero había revisado dos veces las botellas, después las correas, luego el regulador de ella, el suyo y nuevamente el de ella. Cuando ya estaban a punto de entrar al agua, volvió a comprobar algo que Allison ni siquiera alcanzó a identificar.
No era propio de él.
Ángel podía lanzarse de un avión con la tranquilidad de quien bajaba unas escaleras. Podía conducir durante horas hacia un lugar que apenas conocía, adentrarse en un desierto o meterse en el océano sin mostrar más emoción que entusiasmo. Sin embargo, aquella mañana parecía incapaz de dejar quietas las manos.
Allison terminó sujetándolo por la muñeca.
—¿Qué te pasa?
—¡Nada! —exclamó él demasiado rápido.
—Llevas una hora actuando raro.
—Estoy revisando el equipo.
—¡Lo revisaste seis veces, Angel!
—La seguridad es importante.
Ella entrecerró los ojos, porque sí, sospechaba, pero no lo suficiente como para acosarlo todavía.
—Tú eres el hombre que una vez me dijo que saltar de un avión era perfectamente seguro porque «estadísticamente casi todos llegan abajo» —terminó riéndose mientras achicaba los ojos.
—Y no mentí. Todos llegan abajo.
—¡Vivos, Ángel!
—¡Ah!... Bueno… eso reduce el porcentaje.
Allison negó con la cabeza y terminó de colocarse la máscara.
—Estás raro. Pero ya me dirás por qué tarde o temprano.
Él sonrió y le dio un beso rápido antes de colocarse el regulador.
Poco después estaban bajo el agua. Allison había tardado meses en acostumbrarse a que aquello formara parte de su vida. Un año atrás, si alguien le hubiera dicho que reservaría tardes completas para bucear porque su novio había encontrado un sitio que quería enseñarle, habría preguntado qué droga estaba consumiendo. Ahora lo disfrutaba. No porque Ángel lo hiciera, sino porque había descubierto que a ella también le gustaban algunas de sus locuras.
Descendieron juntos y durante los siguientes minutos Allison dejó de pensar en sus rarezas. El mundo bajo la superficie siempre conseguía eso. El sonido amortiguado de su respiración, los peces moviéndose alrededor y la sensación de estar suspendida en un espacio que no se parecía a ningún otro la obligaban a concentrarse únicamente en lo que tenía delante.
Ángel nadaba cerca, demasiado cerca, y Allison le hizo una seña preguntándole si estaba bien.
Él respondió que sí, pero unos segundos después volvió a mirar hacia atrás.
Allison siguió la dirección de sus ojos y notó que había otros buzos a cierta distancia. No le pareció nada extraño, así que continuaron avanzando hasta una zona menos profunda, hasta que Ángel se detuvo junto a unas rocas y señaló algo.
Allison se acercó y vio una concha enorme, perfecta, y ella arqueó una ceja detrás de la máscara. Sabía que él estaba tramando algo, pero ni en sueños había imaginado lo que pasaría cuando él la abrió y le mostró el anillo que había dentro.
Allison dejó de moverse y durante varios segundos simplemente miró aquel pequeño destello en medio de la concha. Y cuando levantó los ojos hacia Ángel, él estaba flotando frente a ella, observándola con una mezcla tan evidente de nervios y esperanza que Allison sintió que el corazón comenzaba a golpearle con demasiada fuerza.
Entonces Ángel señaló detrás de ella y Allison se giró para ver cómo dos de los buzos que había visto antes sostenían entre ambos un cartel de tela preparado para desplegarse bajo el agua.
“¿QUIERES CASARTE CONMIGO?” decía, y Allison de llevó una mano al pecho, como si le costara respirar incluso con el tanque de oxígeno.
Volvió a mirar a Ángel y él extendió una mano para tomar la suya, pero antes de que ella pudiera reaccionar, el otro buzo desplegó un segundo cartel.
“POR DIOS, CÁSATE CON ÉL. YA ES HORA DE QUE VUELE DEL NIDO. ¡TIENE 30 AÑOS!”

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