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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 215

10 AÑOS… CAPÍTULO 5. Un juego para dos

—Tengo la extraña sensación de que debería conocerte.

Giulia permaneció mirándolo durante unos segundos y después soltó una carcajada. De todas las cosas que había esperado escuchar de Byron Blackwood después de diez años, aquella era probablemente la más absurda.

—¿Eso es lo mejor que tienes? —preguntó, cruzándose de brazos—. Porque debo admitir que esperaba un poco más de originalidad. «Siento que te conozco de algún lado» debe de aparecer en la primera página de cualquier manual barato de seducción.

Byron frunció el ceño.

—No estaba intentando seducirte…

—Claro que no.

—Aunque me atraes —añadió tranquilamente, tanto que Giulia lo miró como si no pudiera creer lo que le estaba diciendo—. ¿Qué? —Byron se encogió de hombros—. Negarlo sería bastante estúpido considerando que llevo varios días mirándote más de lo conveniente.

Y aquella sinceridad consiguió borrar parte de la sonrisa de Giulia.

—Entonces quizá deberías trabajar en tu autocontrol —siseó.

—Mi autocontrol funciona perfectamente. Pero llevo días preguntándote qué te hice y tú llevas días dejando claro que no piensas responder. Así que si tengo que recurrir a otros métodos…

Giulia levantó la barbilla y lo miró a los ojos con una serenidad que casi lo hizo retroceder.

—No cometas el error de convertirme en un desafío, Blackwood —le advirtió y una sonrisa apareció lentamente en el rostro de Byron.

—Me temo que llegaste tarde para advertírmelo —replicó—. Y de momento me debes una cena. Espero que seas una mujer de palabra.

—Y esa es quizás la mayor diferencia entre tú y yo —siseó ella—. Que yo sí sé cómo mantener la mía.

El rostro de Byron se ensombreció en un segundo, pero no pudo responder porque Giulia ya se estaba dando la vuelta y se marchaba sin mirar atrás.

—¿Qué diablos…? —gruñó porque una parte importante de él quería creer que el conflicto era culpa del divorcio de Jorda, del apellido familiar y de la desconfianza universal, pero aquella frase sonaba demasiado íntima, demasiado personal.

Giulia, por su parte, salió de la subasta sin despedirse de nadie. Sabía que probablemente Katerina recibiría al día siguiente media docena de comentarios sobre su comportamiento, sobre el medio millón de dólares que Byron Blackwood había ofrecido por una de sus esculturas y, sobre todo, sobre aquella cena que ya debía estar alimentando conversaciones en demasiadas mesas.

Y sabía que su hermana iba a preguntar qué pasaba entre ellos, pero en ese momento estaba demasiado furiosa y demasiado herida para procesar todo lo ocurrido, sin correr el riesgo de regresar a la terraza y utilizar uno de sus tacones para hacerle a Byron una modificación estética permanente en el rostro.

Condujo hasta su casa con las manos aferradas al volante y las palabras de aquel idiota repitiéndose en su cabeza:

“Nadie debería quedarse a vivir en el pasado”.

El pasado. Todo eso que para ella había cambiado una vida, él podía encerrarlo tranquilamente detrás de dos palabras.

Entró en su casa, dejó el bolso sobre cualquier superficie y fue directamente al taller. No se molestó en quitarse el vestido. Se recogió el cabello, cubrió la mesa y sacó un bloque de arcilla. Necesitaba hacer algo con las manos antes de hacer algo estúpido con el teléfono, como ordenar una ejecución.

Empezó sin boceto, pero sus dedos trabajaron con rapidez, hundiéndose en la masa húmeda hasta encontrar unos pómulos, una mandíbula, la línea de una nariz que conocía demasiado bien. No necesitaba tener a Byron delante para modelarlo. Esa certeza consiguió enfurecerla todavía más.

Una mitad del rostro apareció perfecta… la otra no.

Giulia comenzó a borrarla deliberadamente. Arrastró los dedos sobre el ojo, destruyó el pómulo y deformó la boca hasta dejar media cara convertida en una superficie incompleta, como si alguien hubiera pasado una mano sobre pintura fresca, o sobre un recuerdo antes de que terminara de fijarse.

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