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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 228

10 AÑOS… CAPÍTULO 18. Recuerdos peligrosos bajo la ducha

Giulia se acercó, sus pies descalzos hacían un sonido húmedo sobre el suelo, y el calor le pegaba la seda de la blusa a la piel. La piel de Byron también estaba ardiente, con una fiebre extraña que era recuperación y a la vez esa energía inquieta que lo recorría como una corriente. Él abrió los ojos, y sus pupilas, dilatadas en la penumbra del baño, la encontraron. Una sonrisa torcida, perezosa, se dibujó en sus labios.

—No puedes negarlo, has querido verme desnudo desde que me conociste —murmuró con la voz un poco pastosa, pero con una nota pequeña de impaciencia.

La observaba con esa mirada intensa y evaluadora que la hacía sentir como si estuviera siendo analizada centímetro a centímetro. Era peligrosa la lucidez con que la recorría, desde sus pechos pequeños y firmes hasta la curva suave de su trasero, y su respiración se agitó un poco más.

—Dime que no quieres —murmuró él y en ese momento Giulia supo que él ya estaba plenamente consciente.

El espacio se hizo pequeño, íntimo, claustrofóbico. La lluvia de la ducha era tan densa que apenas podían verse el uno al otro con claridad, hasta que sus bocas se encontraron como si fueran los dos últimos humanos en el mundo.

Giulia soltó un gemido bajo, ronco, recibiendo su lengua en su boca y sintiendo la dureza de la erección de Byron contra su vientre. Él se estaba conteniendo, pero su autocontrol, al parecer, tenía fecha de antigüedad de unas pocas semanas. El autocontrol de Giulia venía diez años de odio, incertidumbre, deseo y venganza.

Sus dedos se enredaron en el cabello de Byron y tiró de él hasta que no fueron más que una madeja desesperada de besos, jadeos, gemidos y sudor. Su respiración se quebró cuando él le dio la vuelta entre sus brazos, empujándola suavemente hasta que su pecho se apoyó en el frío de los azulejos. El contraste entre el calor y el frío de la pared le hizo erizar la piel.

—Así —dijo él a su espalda, y su voz era un gruñido ronco junto a su oreja—. Así es como te quiero. Ahora dime que tú también lo quieres.

Sus manos se deslizaron por sus brazos, levantándolos sobre su cabeza para inmovilizarla, y luego sus dedos bajaron por sus costados, hasta posarse en sus caderas. La agarró con fuerza, dejando marcas suaves en su carne, y aquello no era una caricia; era una toma de posesión.

Giulia se quedó quieta, con la frente apoyada en el mosaico frío, esperando. Podía sentir el calor de su cuerpo pegándose al suyo, la dureza de su miembro presionando contra sus nalgas. Era grande, incluso a través de la tela de su bóxer, que él todavía llevaba puesto. La humedad lo había hecho peligrosamente sensible, y ella podía sentir la textura de su piel, el contorno exacto de su erección.

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