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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 238

10 AÑOS… CAPÍTULO 28. Diez años de odio

—Solíamos venir por las noches. —Giulia pasó los dedos sobre una baranda mientras entraban a la glorieta—. Estaba prohibido salir después de cierta hora, así que evidentemente eso nos parecía una excelente razón para hacerlo.

Byron la miró con sospecha.

—¿A los dos nos parecía eso?

—OK, yo era la genio del mal, pero tú no eran un angelito.

Se agachó cerca de uno de los extremos y comenzó a revisar las tablas hasta encontrar una concreta. Metió los dedos debajo y tiró. La vieja tabla cedió. Debajo había tierra y Giulia la señaló con un suspiro.

—Te toca escarbar.

Byron la miró como si acabara de perder la cabeza.

—¿Qué hay ahí?

Giulia lo miró durante varios segundos.

—La verdad. Pero verla no va a ser fácil.

Eso fue suficiente. Byron se arrodilló y comenzó a retirar tierra. Al principio no encontró nada. Después sus dedos chocaron contra algo metálico y se quedó quieto. Apartó la tierra despacio hasta descubrir una caja vieja de metal. Estaba oxidada en los bordes, pero seguía cerrada cuando la sacó.

—¿Qué es esto? —murmuró con la garganta cerrada y Giulia se acuclilló frente a él.

—La dejamos aquí antes de marcharnos. Dijimos que volveríamos en unos años para recuperarla.

Él pasó los dedos por el metal.

—¿Qué pusimos dentro?

—Ábrela.

Byron no lo hizo inmediatamente.

—Giulia...

—Habíamos imaginado una vida juntos. Suena dramático, pero supongo que la juventud es muy emocional.

La frase consiguió que Byron levantara la cabeza. Giulia tenía los ojos húmedos.

—Éramos dos idiotas de dieciocho años convencidos de que sabíamos exactamente cómo sería nuestro futuro. Así que metimos aquí cosas que queríamos recuperar cuando volviéramos.

Byron sintió que le costaba respirar.

—¿Juntos?

—Juntos.

Miró otra vez la caja. Sus manos temblaban cuando consiguió abrir el cierre deteriorado. Levantó lentamente la tapa y cayó sentado de la impresión, porque lo primero que encontró fue una fotografía. La tomó con ambas manos. Era Giulia, mucho más joven, con el cabello movido por el viento y una sonrisa enorme… y junto a ella estaba él.

Byron reconoció inmediatamente el lugar donde se había tomado aquella instantánea: la misma glorieta, el mismo muelle, la misma baranda que tenía a menos de un metro. Tenían dieciocho, quizá diecinueve años. Giulia estaba abrazada a su cintura y él la sostenía contra su cuerpo mientras apoyaba la mejilla sobre su cabeza. No parecían dos adolescentes que acababan de conocerse. No parecían amigos.

Byron levantó los ojos hacia Giulia. Después volvió a mirar la fotografía. Era él. Era ella. Y estaban enamorados.

Pero eso no era lo único que había en la caja. Byron encontró varias cartas dobladas, algunas fotografías más y dos hojas sujetas por una cinta deteriorada. Tomó la primera carta y sintió un escalofrío apenas vio las primeras líneas.

—Esta es mi letra.

Giulia asintió, y Byron recorrió las palabras sin conseguir que ninguna despertara un recuerdo. No reconocía lo que había escrito, pero sí la forma inclinada de algunas letras, las correcciones impacientes y hasta su manera particular de firmar.

—La escribí yo.

—Sí.

Sacó otra hoja. Aquello no era una carta. Había versos, anotaciones y algunos acordes escritos apresuradamente en los márgenes.

—¿Una canción? ¿Mía?

—Sí.

Byron levantó la vista, incrédulo.

—Yo no escribo canciones.

—Ahora no. Entonces escribiste dos. ¡Muuuy malas! Pero sí, las escribiste —se rio Giulia como si pudiera revivir el primer momento en que las había escuchado.

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