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9 Vidas Perdidas: Ahora te toca suplicar romance Capítulo 10

—Don Rio, ¿quiere que cambie su residencia a otro patio?

Mateo no dijo mucho, pero al mismo tiempo lo dijo todo.

Aunque el señorito no era un monje como tal, sí llevaba una vida espiritual muy devota.

Con Zoa y Cristian peleándose a gritos todo el tiempo, ¡eso seguramente interrumpiría su paz mental!

—No es necesario, son solo unos días.

Su tono parecía indiferente, pero tenía un eco que nadie podía descifrar del todo.

Mateo se quedó pensando un instante, pero antes de que pudiera preguntar más, Rio le tendió una carpeta.

—Hoy seguiremos el itinerario de aquí.

—Sí, Don Rio.

...

En el hospital.

En cuanto el auto se detuvo, Zoa fingió despertarse por el dolor.

Salió del vehículo aguantando la molestia y se inventó una excusa cualquiera para decirle al chofer que se fuera.

A nadie de la familia Quintero le importaba ella, así que el hombre se fue sin dudarlo dos veces.

Al entrar, Zoa fue directamente a que le curaran la herida.

Y en cuanto terminó, se dirigió al área de ginecología para los estudios.

Para evitar cualquier inconveniente, pagó el triple para comprar el turno de alguien más en la fila de consultas privadas.

Así que todo el proceso fue increíblemente rápido y sin problemas.

Mientras esperaba sus resultados, el chofer la llamó por teléfono de repente.

—Zoa Serna, ¿dónde estás?

El corazón de Zoa se encogió, un mal presentimiento se apoderó de ella.

Pero aun así intentó sonar lo más calmada posible:

—¿Qué pasa?

—Cristian dice que en cuanto termines tus estudios, te lleve de regreso. El médico de la familia se encargará de curar tu herida según los resultados médicos.

Al escuchar eso, Zoa sintió una amargura en la garganta que no pudo expresar en palabras.

Incluso habiendo visto su herida con sus propios ojos, Cristian seguía sin confiar en ella.

Al punto de que el médico familiar debía ir a revisar si su herida era real o no, siempre cuidándose de que ella no le estuviera jugando un truco.

A los ojos de Cristian, ella siempre sería la mujer maquinadora que le hacía la vida imposible a su hermana mayor.

Sin importar lo que ella hiciera o dijera, siempre pensaba que escondía segundas intenciones.

Aunque esta vez, efectivamente, sí tenía otras intenciones.

Zoa estaba a punto de inventar una excusa para ganar tiempo, cuando el tono impaciente del chofer la interrumpió.

—Ya estoy en la sala de cirugía, ¿por qué no te veo?

—...

Zoa no se esperaba que el chofer regresara tan rápido; su corazón latía con pánico.

El hombre seguía buscándola y presionándola, y ella no podía escuchar ni una sola palabra.

Capítulo 10 1

Capítulo 10 2

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