Incluso si estuviera dispuesta a arriesgarlo todo para exponer la verdad.
¿Quién le iba a creer?
Así que, a menos que Cristian decidiera soltarla por su propia cuenta...
Aun si ella lograba escapar, él tendría mil maneras de encontrarla.
Mientras pensaba en esto, volvieron a tocar a la puerta de su habitación.
—Zoa Serna, Cristian te llama al baño.
¿Al baño?
Ciertas imágenes inundaron su mente, cayendo sobre Zoa como una enorme red que la envolvía.
Se sostuvo del borde de la cama.
Al levantar la vista, se encontró exactamente con su reflejo en el espejo.
No era la figura hinchada y acabada de su sueño, sino una mujer hermosa y atractiva.
Había algo de verdad en lo que decían los mayores de la familia: ella tenía un encanto natural que enloquecía a cualquiera.
Ahora, esa era su única y más poderosa arma.
Menos mal que en el salón principal tuvo el cuidado de no revelar todas sus cartas.
Aún tenía la oportunidad de escapar.
Pero antes de hacerlo, debía fingir que no sabía nada.
Todo seguiría como de costumbre.
Zoa se levantó, abrió el armario y sacó del fondo un vestido que tenía escondido.
Un vestido de gasa ligero y transparente.
El tono rosado pálido del escote hacía resaltar su cuello blanco y delicado.
Luego, salió de su habitación y subió las escaleras.
Al abrir la puerta del baño, el vapor del agua llenaba el aire.
Cristian estaba sentado en el jacuzzi con hidromasaje, con un brazo apoyado en el borde agitando una copa de vino.
Aunque fingía estar paralizado, nunca había dejado de ejercitarse.
Tenía los abdominales bien marcados y un cuerpo firme.
—Acércate de una vez.
Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, el tono de burla en su voz atravesó de inmediato los nervios de Zoa.
Al ver la toalla que cubría de forma descuidada la parte baja de su abdomen...
El miedo mezclado con el asco la inundó como una ola.
Apretó los puños y habló con voz calmada.
—Voy a lavarme con desinfectante.
—...
Cristian mantenía los ojos cerrados, pero frunció el ceño.
Esta era la primera vez que Zoa proponía desinfectarse por voluntad propia.
¿Qué trucos estaba tramando ahora?
Zoa no lo miró; caminó directamente hacia el lavabo.
Había dos bandejas hondas y un platón.
Una de las bandejas tenía agua casi a sesenta grados, para lavarse las manos.
La otra tenía una solución desinfectante especial.
En el platón había un paquete de algodón con alcohol y tres pares de guantes médicos ultrafinos.
Después de desinfectarse, sus manos siempre le ardían de dolor, pero aun así debía ponerse los guantes.
Se arrodillaría dócilmente junto a la bañera y, con las manos...

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