Laura lo pensó un momento y le preguntó con cuidado:
—Alejo, ¿será que Sofía te hizo brujería? ¿Por qué la defiendes? O será que... ¿te enamoraste de ella?
—Imposible. —Negó Alejandro.
Laura lo miró con curiosidad.
—Entonces, ¿por qué no quieres divorciarte y encima la defiendes?
Alejandro apretó los labios, sus ojos oscuros no mostraban qué pensaba. Él mismo se sentía algo confundido. Así era. No le gustaba Sofía.
Entonces, ¿por qué no planeaba divorciarse de ella?
Al ver que no seguía hablando, Laura tampoco insistió. Suspiró y dijo:
—Bueno, aunque no te divorcies, igual puedes seguir con Florencia. Al contrario, si de verdad te divorcias, Sofía estuvo casada contigo cinco años, hay tantos intereses de por medio que cuando se vaya seguro se va a llevar un dineral de la familia.
Alejandro de repente pensó en el acuerdo de divorcio que Sofía le había dado hace poco. En ese acuerdo, Sofía no pedía mucho.
—¡Ay!
Antes de que pudiera pensar más, Laura gritó de repente. Miró la hora en el reloj de pared y, agarrando su abrigo y llaves, salió corriendo.
—Bueno, Alejo, no puedo seguir hablando contigo. El fundador de UME regresa al país hoy y tengo que ir a recogerlo al aeropuerto. Si me tardo más, no lo voy a alcanzar.
Alejandro le iba a decir que tuviera cuidado, cuando notó que las llaves del auto en su mano le parecían familiares.
—¿Ese no es el auto que le regalé a Sofía? ¿Por qué lo tienes?
Laura ni siquiera volteó.
—Es un auto tan bueno, y ella casi nunca lo usa. Está ahí sin hacer nada, así que lo tomé prestado. Ya, no tengo tiempo para hablar contigo, de verdad me tengo que ir.
Diciendo esto, Laura ya se había ido corriendo.
Alejandro tampoco tenía ganas de pensar más en eso. Miró hacia abajo, en ese momento Sofía había arrancado el auto y estaba lejos. Si podía manejar, significaba que no era nada grave.
Pero no sabía por qué, sentía que el auto que Sofía manejaba ese día le era conocido. Como si lo hubiera visto en algún lado.

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