El corazón de Sofía se le fue al estómago y, rápidamente, miró con nerviosismo a su alrededor. La gente del aeropuerto pasaba de prisa sin fijarse. Algunos que sí se dieron cuenta solo pensaron que eran novios jugando, y después de echarles un vistazo rápido, voltearon sin darle importancia.
Aun así, Sofía se puso toda roja.
—Gabriel, ¿qué haces? Bájame.
Él miró las manchas de sangre que apenas se asomaban en su pie.
—¿Bajarte? ¿Puedes caminar ahora?
Él conocía a Sofía. Por naturaleza no le gustaba hacerse la débil, y cuando algo le dolía horrores, de su boca salía que no era para tanto. Si decía que su pie estaba lastimado, significaba que el dolor ya era insoportable para caminar.
Sofía iba a decir que estaba bien, pero al toparse con los ojos negros de Gabriel que parecían verlo todo, de la nada cerró la boca y dejó de resistirse en silencio.
Pero todavía se sentía incómoda.
—Aunque de verdad no es necesario hacer esto.
Gabriel respondió con tranquilidad:
—No es la primera vez que te cargo.
Cuando UME apenas se había fundado, necesitaban hacer negocios para conseguir inversiones o colaborar con otras empresas. Pero el personal de ventas que contrataban iba y venía, la mayoría cometía errores en los negocios, y además, como eran una startup con poco dinero, después de tanto ir y venir, al final solo quedaba que él o Sofía salieran a representar la compañía.
Él no era bueno socializando, así que Sofía se ofreció. Las juntas de negocios siempre incluían alcohol, y como era mujer, la gente con malas intenciones la hacía tomar de más.
Una vez Gabriel terminó temprano su trabajo en el laboratorio y fue al hotel a recogerla. La encontró tan borracha que estaba tirada contra la pared, sin poder levantarse, rodeada de varios tipos con malas intenciones.
Gabriel se adelantó para espantarlos y quiso cargarla en su espalda para llevarla al hospital, pero ella, borracha, perdía el equilibrio y se resbalaba constantemente hacia abajo. Al final, no le quedó de otra que llevarla en brazos.
Sofía estaba tan borracha que en realidad no se acordaba de eso. Pero se conocían desde chiquitos, cuando era tan joven que no había diferencia de niño y niña en su cabeza, Gabriel de hecho la había cargado muchas veces.
Se mordió el labio.
—Ahora es diferente. Me da miedo que alguien tome fotos.
Gabriel apenas hizo una mueca.

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