—Saca a ese gato de aquí, ¡y primero cumple con tu trabajo!
El rostro de Wendy se sonrojó y palideció por turnos.
Esperaba que Cintia reaccionara con furia, ¿cómo podía responder así?
—¡Qué alivio! ¿Vieron la cara de Wendy?
—Ya estaba harta de sus aires de grandeza. ¿Quién se cree que es para venir a fastidiar a nuestra señorita Cintia?
—…
El rostro de Wendy estaba tan oscuro que parecía que iba a llover.
Cintia la miró con frialdad y sonrió levemente.
—Señorita Wendy, si no está conforme, puede rescindir el contrato. Sigo esperando esos treinta millones de la multa.
Al oír esto, el rostro de Wendy se ensombreció aún más. No tuvo más remedio que sacar al gato…
Una carcajada general resonó a su alrededor.
Terminó la sesión de fotos.
Cintia estaba hablando de trabajo con el fotógrafo.
De repente, alguien se acercó corriendo.
—Señorita Cintia, ¡malas noticias…!
Cintia fue rápidamente al baño y vio a Wendy discutiendo con Liliana. Levantó la mano y le dio una bofetada…
—¡Detente! —gritó Cintia con voz gélida.
Pero a Wendy no le importó. Abofeteó a Liliana con fuerza, ¡para que aprendiera a no liderar las burlas en su contra!
Liliana soltó una palabrota y, sin dudarlo, le devolvió el golpe.
—¡Ah…!
La mejilla de Wendy se hinchó y enrojeció de inmediato. Cayó al suelo como si fuera de trapo, golpeándose la cabeza contra la pared de mármol.
Cintia y Liliana se quedaron atónitas…
—¡¿Qué están haciendo?!
La voz de Baltasar retumbó detrás de ellas, claramente contenida de ira. Al ver a Wendy en el suelo como una muñeca de porcelana rota, su corazón dio un vuelco.
Wendy, con los ojos llenos de lágrimas, miró a Baltasar, y gruesas gotas rodaron por sus mejillas.
—Lo siento, no debí contradecir a la asistente Liliana, no volveré a hacerlo…
Siempre hacía lo mismo: lloraba un poco, derramaba unas cuantas lágrimas y le echaba la culpa a los demás.
Cintia frunció el ceño, apretando las uñas en la palma de su mano.


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