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A Once Años de Mi Muerte romance Capítulo 45

—¿Quieres cenar algo? —Marcelo se acomodó los lentes con un dedo, su voz cristalina resonó suave y clara.

Cristina se quedó quieta un momento y luego esbozó una sonrisa algo incómoda.

—¡Ay! No era mi intención, solo lo dije por decir.

—¿Qué te gustaría comer?

—Fideos con queso y pavo.

Apenas lo dijo, Cristina se dio cuenta y se rascó la cabeza con sus dedos blancos como la leche.

—Yo... cené con Federico después del trabajo, eran como las cinco, así que ahora sí me dio un poco de hambre.

En ese instante, su estómago empezó a gruñir y cantar sin aviso.

Cristina se puso roja como jitomate, tratando de justificarse.

—Pues apenas tengo dieciocho, todavía estoy creciendo, es normal que sienta hambre a cada rato, ¿no crees?

Cuando iba en prepa, llegaba a comer hasta cinco o seis veces al día; con tanto que usaba la cabeza, el hambre se le venía encima rapidísimo.

—Sí, es normal. Yo también tengo hambre. Si no lo mencionas, ni me acuerdo que hoy ni cené. Me la pasé en reuniones.

Marcelo se puso de pie. Bajo la luz de la lámpara de cristal que colgaba en la sala, su sombra alta y alargada se proyectó sobre Cristina.

Cristina, con sus ojos llenos de chispa y la mirada juguetona, levantó la barbilla para mirarlo.

—¡Entonces me tienes que dar las gracias!

Marcelo giró el rostro y dejó que su mirada profunda cayera sobre el rostro de ella. En sus ojos, el cariño se desbordaba como un río crecido.

—Gracias —le sonrió con calidez, y el lunar en la punta de su nariz, color café, brilló bajo la luz con un encanto especial.

Gracias por darme la oportunidad de estar tan cerca de ti.

Eso, ni en sueños se lo habría imaginado.

Cristina solo estaba bromeando, pero no esperaba que Marcelo le agradeciera en serio; hasta sintió que su corazón daba un brinco.

—Bueno, bueno, no es para tanto. ¿Qué quieres comer tú? Yo te quito un poquito, no soy exigente.

En los ojos de Marcelo danzaba un brillo especial.

—Justo tenía antojo de fideos con pavo y queso.

Cristina abrió tanto los ojos que casi se le salen de la cara. Ni por error pensó que el gusto de su archienemigo fuera igual al suyo, y se le iluminó la sonrisa.

—Va, entonces prepáralos tú.

Marcelo no apartó la vista de su rostro y en sus labios se dibujó una curva encantadora.

—Como ordene la señorita.

La voz grave y melodiosa de Marcelo flotó en la noche silenciosa, llegando directa al oído de Cristina, como si le acariciara el alma. Un cosquilleo le recorrió el cuerpo y el corazón le latió con fuerza.

Ella era la inquilina y él el dueño del departamento, pero la verdad, Cristina nunca pensó en cocinar.

Ni sabía, ni le gustaba.

Incluso cuando su tío se la pasaba haciendo líos en casa, y en la peor época, cuando su mamá renunció a su trabajo, quien se ponía el delantal era Fede.

Cristina se bebió el vaso entero de un jalón. Ni se dio cuenta de cuándo Marcelo se lo había servido.

Pero la temperatura era perfecta: ni frío ni caliente.

—¿Cómo le haces para no inmutarte con tanto chile? —Cristina lo miró fascinada.

Marcelo no es que no comiera, le entraba más que ella.

Y aun así, el tipo mantenía ese porte elegante y tranquilo, su lunar en la nariz bailando con cada movimiento, el reloj de lujo brillando con la lámpara, como si estuviera cenando en un restaurante de primera.

Marcelo masticó despacio y le sonrió.

—Antes comía esto muy seguido, ya me acostumbré.

Luego, cambiando de tema, preguntó como si nada:

—¿Vas a seguir estudiando o qué piensas hacer?

Cristina fue sincera.

—Sí, quiero volver a hacer el último año y volver a intentar el examen para la UMAR.

...

De repente, el celular en la mesa vibró varias veces.

Cristina lo agarró y vio que era mensaje de Samuel por WhatsApp.

[Estos son los más traviesos del Instituto Antonio José de Sucre, ya les tomé foto a todos.]

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