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A Once Años de Mi Muerte romance Capítulo 46

Cristina fue revisando una a una las fotos que le mandaron, deteniéndose en cada una con atención, pero ninguna era Fede.

Aunque Fede tenía apenas seis años cuando ella murió, igual podía reconocer su mirada y la forma de su cara.

En ese entonces era todo un gordito, regordete y adorable.

Entonces se puso a escribir: [¡Gracias! Ya es tarde, mejor descansa.]

Samuel contestó al instante: [Todavía estoy resolviendo un examen.]

Le llegó una foto enseguida, era una hoja de ejercicios de matemáticas.

Cristina le echó un vistazo a los problemas, frunciendo el ceño. [Deberías dormir ya, no tienes ni una bien.]

Total, hacerlo o no daba igual.

Samuel: [¿En serio? Déjame checar con la hoja de respuestas.]

No podía creer que después de haberse roto la cabeza una hora entera, Cristina calificara así su esfuerzo.

Y ni siquiera habían pasado unos minutos cuando ella ya le respondió.

¿No habrá sido muy rápida? ¿O se equivocaría?

Era la primera vez que hacía ese examen que él mismo había comprado, así que se puso a buscar las respuestas en la página de atrás.

Uno por uno, fue revisando...

¡Y un minuto después sintió que el mundo se le venía encima!

¡Era cierto, ni una sola estaba correcta!

[¡No esperaba que fueras tan pro en la universidad! ¡Te admiro, jefa! Por cierto, ¿de qué escuela eres?]

Cristina soltó una risa: [No averigües tanto de la vida de los demás.]

Samuel: […]

—¿Con quién platicas? —preguntó Marcelo, notando la sonrisa de la chica y cómo sus cejas se arqueaban con picardía.

—Con alguien del Instituto Antonio José de Sucre. No lo conoces —contestó Cristina, dejando el celular para seguir comiendo la sopa de pavo picante.

Debajo de la mesa, el puño de Marcelo se apretó tanto que las uñas abrieron de nuevo una herida que ya no había terminado de sanar. Sus largas pestañas ocultaron la sombra que cruzó por sus ojos.

Sabía que a Cristina todavía le gustaba René. Que para acercarse a René, primero se había hecho amiga de Benito.

¿Pero qué podía hacer?

Si se deshacía de René, Tita también se pondría mal.

Aunque, por suerte, René todavía no conocía a Tita.

Si tan solo esos dos no se encontraran nunca...

Levantó la mirada. La profundidad oscura de sus ojos, detrás de los lentes, se posó en la chica.

Ella seguía agachada, comiendo fideos, dejando ver su cuello delgado y tan pálido.

Le daban ganas de encerrarla, así jamás podría ver a René.

De repente, Cristina sintió un escalofrío y una humedad extraña en la nuca.

Al levantar la cabeza, se topó con la mirada de Marcelo, que acomodaba sus lentes con un dedo. La pequeña peca sobre su nariz alta era tentadora y, al sonreírle, tenía un aire encantador.

—¿Quieres más?

La mesa era pequeña, apenas había distancia entre los dos. Cristina, a veces, quedaba deslumbrada por la belleza de Marcelo, como justo ahora.

Sacudió la sensación extraña y respondió rápido:

—No, con este plato tengo. Oye, gracias por...

...

Después de bañarse, Cristina quedó tirada en la cama como estrella de mar, moviendo las piernas en el aire para hacer ejercicio y compensar la cena de antojo. En el fondo, sabía que solo era para calmar la conciencia.

Mirando el techo, pensó que acababa de descubrir otra cualidad de Marcelo.

¡Cocina delicioso!

Capítulo 46 1

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