—Tranquilízate —dijo Vera con voz dulce—. ¿Qué pasó? ¿Se pelearon?
—No —Adriano se aflojó la corbata, harto de la situación—. Vera, tú sabes perfectamente que la mujer que amo...
—Adriano —lo interrumpió—. Sabes bien que me gustan los hombres responsables y con pantalones. Si ya te casaste con ella, tienes que hacerte cargo de tu matrimonio.
—Lo sé, pero...
—Elena es mi hermana —sentenció Vera—. Si no fueras el esposo de mi hermana, tú y yo no tendríamos nada de qué hablar, ¿me entiendes?
Adriano lo entendía perfecto.
Pero se negaba a aceptarlo.
—¡Vera, si no fuera por ella, nosotros estaríamos juntos! ¡Nosotros deberíamos ser los casados!
—Pero ya te casaste, ¿verdad? —suspiró Vera—. Adriano, si de verdad te importo, trata bien a mi hermana. Pasa el resto de tu vida con ella. Prométemelo, ¿sí?
Para Adriano, Vera siempre era dulce, comprensiva y perfecta.
Ante esa actitud, Adriano sentía que la amaba todavía más y, al mismo tiempo, crecía su resentimiento hacia Elena.
Vera siempre pensando en el bienestar de Elena.
Mientras que Elena era una egoísta, venenosa y arrastrada.
¡Y para colmo, era una manipuladora! Se la pasaba inventando que las maldades del pasado las había hecho Vera y que ella no tenía la culpa de nada.
¡Qué estupidez!
Vera era pura, buena e inocente, ¡jamás haría algo así!
La verdad, él también quería el divorcio.
Pero Vera no lo aprobaba.
Además... Sebastián ya sabía que estaba casado y los acababa de invitar a una fiesta.
Si en ese momento armaba un escándalo con Elena, la imagen de su familia quedaría por los suelos.
A Adriano no le quedó más remedio que tragarse el coraje y le contestó con suavidad: —Vera, ya sabes que siempre hago lo que tú me pides. Hasta cuando me dijiste que me casara con ella...
Vera lo paró en seco:
—Yo solo te di mi opinión sobre la situación. Casarte con ella fue decisión tuya.

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