A veces, al pensarlo, hasta él mismo se admiraba.
Volvió en sí, la ira le subió de nuevo a la cabeza y caminó a zancadas hacia Elena.
—¡Elena!
Al escuchar el grito, Elena volteó a verlo.
La luz se enredaba en su cabello y la hacía ver lejana, casi imposible de tocar.
Elena guardó los bocetos que estaban en la mesa y le preguntó:
—¿Se te ofrece algo?
No estaba satisfecha con sus dibujos y se sentía un poco distraída.
Pensaba en salir un rato a comprar tela e hilo para hacerle un edredón a Vera. Todavía no lograba desentenderse por completo de los asuntos de Vera. Al fin y al cabo, habían sido los padres de Vera quienes la habían criado a ella.
—¿Le marcaste a Vera? ¿Le dijiste que nos vamos a divorciar? —cuestionó Adriano, apoyándose en la mesa y mirándola desde arriba.
Elena lo miró fijamente:
—No es a mí a quien amas, ¿qué caso tiene que sigamos casados?
Adriano le sujetó la barbilla de golpe y le habló con una frialdad cortante:
—¿Hasta ahorita te vas dando cuenta de que no te amo? ¡Hace tres años no debiste haberte casado conmigo!
—Sí, ya me arrepentí.
Al ver su rostro inmensamente hermoso y sus pestañas largas y tupidas, Adriano sintió que la irritación le hervía en la sangre.
—¿Tú te arrepentiste? ¡El que debería estar arrepentido soy yo!
Adriano la soltó, dio un par de vueltas, se arrancó la corbata con fastidio y la aventó a un lado.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Abandonada por ex, mimada por el magnate