Después de ponerse de acuerdo con la dueña de la tienda, se levantó para ir a recoger su pedido.
En el camino, recibió una llamada de Alina Reyes.
Era su compañera de la universidad y su mejor amiga.
Antes de que Vera se fuera, todos los amigos de Elena se habían puesto del lado de su hermana.
Y luego, tras casarse con Adriano, Elena pasó por una etapa donde su autoestima estaba por los suelos. En esas circunstancias, hacer nuevos amigos era impensable; apenas se atrevía a hablar con la gente.
Pero Alina tenía una calidez natural y una alegría contagiosa que iluminaba todo a su alrededor. Tuvieron que pasar por un par de situaciones juntas para empezar a agarrar confianza.
Con el tiempo se volvieron inseparables, de esas amigas que se lo cuentan todo.
—¡Elena!
La voz de Alina siempre transmitía alegría.
Elena sonrió levemente:
—Alina, ¿qué milagro que me marcas?
Por lo general, siempre se mandaban mensajes.
—¡Pues porque te extraño! —le contestó Alina—. ¿Qué andas haciendo?
—Salí a comprar unas cosas.
—Ya casi termino mis prácticas por acá, nos vamos a comer un día de estos.
—Sale.
—Oye, Elena, te noto rara, ¿todo bien?
Elena lo pensó un momento y decidió decirle la verdad:
—Me voy a divorciar.
Alina pegó un grito en el teléfono:
—¿Qué? ¿Por qué?
Había visto al esposo de Elena de lejos una vez, y se le hizo un chavo alto y bastante guapo.
Aunque le parecía una pena que Elena se hubiera casado tan joven —incluso había pensado en presentarle a algunos parientes solteros—, como quería verla feliz, terminó deseándole lo mejor de corazón.
¿Y ahora resultaba que se divorciaba?


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