Amaya se estremeció de pies a cabeza.
Se dio la vuelta rápidamente y, al ver a varias caras conocidas aglomeradas en la puerta, colgó de inmediato.
Eran Josefa, Sonia y Vera.
Todas la fulminaban con la mirada. Sus expresiones eran variadas, pero cada una más intensa que la anterior.
Y quien acababa de gritar no era otra que Josefa.
La expresión de Amaya se endureció, mientras sus ojos destilaban un odio profundo. Las observó con desprecio mientras la furia en su interior estallaba como un reguero de pólvora.
—¡¿Qué demonios hacen?! Tú... ¡siendo la suegra de una Ibarra, ¿cómo te atreves a decir algo así?!
Al reconocerlas, Boris se sobresaltó, pero de inmediato se puso de pie y las señaló con indignación.
Al ver esto, Liliana también se interpuso instintivamente frente a Amaya y exclamó llena de rabia:
—¡Así es! ¿Cómo puedes alegrarte de las desgracias ajenas? Amaya ha estado en la familia Muñoz durante cinco años, les dio una hija. ¿Cómo puedes ser tan cruel?
Era evidente que Josefa venía preparada. Además de ellas tres, las respaldaba un imponente grupo de guardaespaldas.
Solo de recordar que la Villa Jardín del Edén y la mansión Ramos habían quedado reducidas a cenizas por el incendio, le hervía la sangre.
Dejando a un lado que Sonia y su esposo le estaban exigiendo explicaciones a la familia Muñoz, ese día ella tenía que darle una buena lección a Amaya.
Si matar no fuera un delito, ya habría acabado con su vida.
Lo que más la enfurecía era su estúpido hijo. A pesar de todo el alboroto que Amaya había causado, después de ir a ver los restos de la mansión Ramos, él seguía defendiéndola.


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