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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 100

Amaya lloraba a cántaros y no podía dejar de sollozar.

—Sí, pero ahorita ya está estable. Los médicos indicaron que se quedara en observación un par de días más, y si no hay broncas, la darán de alta para que regrese.

—La verdad es que, si a Sofi no le hubiera pasado esto, nosotros pensábamos quedarnos unos días extras allá cuidándola.

Liliana fue completamente sincera con ella.

Amaya sintió unas ganas inmensas de abrazarlos y no soltarlos, desbordada por la gratitud.

—Señor Vargas, señora Vargas, de verdad, se los agradezco con el alma, yo... no tengo palabras para pagarles lo que hicieron.

Liliana y Boris se apresuraron a agarrarla para que no lo hiciera:

—¡No lo hagas, por el amor de Dios! Nosotros somos amigos de tu mamá, y Sofi es como tu hermana. ¿Acaso crees que te íbamos a dejar sola en algo así?

—Si a nosotros se nos hubiera ofrecido algo, estoy segura de que tu madre no nos habría dado la espalda. No le des más vueltas, Ami, todo eso no es para tanto.

Las lágrimas de Amaya no paraban de brotar. Sacó el celular de inmediato, con todas las intenciones de marcarle a su mamá en ese momento, pero al verlo en su mano, dudó por un segundo.

Liliana notó que lo estaba pensando y mejor agarró su propio celular para hacerle una videollamada a Beatriz.

Beatriz contestó sin tener idea de que Amaya andaba por ahí.

A través de la pantalla, Amaya observó ese rostro pálido, familiar y hermoso de su madre.

Tenía puesta la bata de hospital y, por si fuera poco, se había cortado su adorado cabello ondulado; sus ojos lucían desgastados y apagados, con los labios completamente pálidos. A pesar de eso, mantenía toda su belleza, aunque ahora con un toque marchito por la vida.

—¿Qué pasó, Liliana? ¿Ya aterrizaron? ¿Sofi está bien?

—Sofi está bien, nada más fue un raspón. ¿Cómo vas, Beatriz? ¿Pudiste probar algo de comida hoy?

Al oír eso, Amaya sintió una sacudida en el pecho. ¿Acaso su mamá no podía comer?

Con razón se veía que había bajado tanto de peso, con la mandíbula mucho más marcada. Amaya sintió cómo algo le retorcía el corazón.

—Hoy amanecí con más ánimos, los doctores me dejaron echarme algo de comida líquida. Todo en la recuperación va saliendo bien.

Se quedó en silencio un instante, con la mirada tan intensa que parecía perforar la pantalla, buscando penetrar en lo más profundo del ser de su hija:

—Me he enterado de todo lo que te han hecho pasar. Ya les cobraré factura a todos esos idiotas en cuanto pise nuestra tierra de vuelta. Pero ahorita quiero que me escuches bien: plántate firme. No le des el gusto a nadie de verte pisoteada. ¡Tú también ya eres madre, y por tu hija tienes que pelear duro con uñas y dientes y ganar aunque sea por puro orgullo!

Seguía usando su tono brusco e inflexible de toda la vida, con todo y que estuviera recluida en una cama de hospital.

Al percibir todos los pitidos de las máquinas médicas de fondo, a Amaya se le apachurró aún más el corazón, y con la culpa calcomiéndola por dentro, frenó sus lágrimas y asintió de manera enérgica:

—Mamá, quédate tranquila, te aseguro que ya no me dejaré llevar por lo que sienta al tomar mis decisiones.

—Tú encárgate de curarte bien allá, y me avisas en qué momento ya estás lista para regresar para ir a recogerte.

Amaya mantuvo la mirada clavada en la pantalla, y, después de tanta tensión, al fin notó que un destello de una extraña calidez lograba iluminar los cansados ojos de su mamá.

Beatriz acababa de abrir la boca para decirle algo, cuando un grito ensordecedor interrumpió la llamada desde la entrada de la habitación:

—¿Beatriz enfermó? ¡Jajaja... qué maravilla, por fin el cielo hizo justicia y pagó caro lo que hizo!

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