Josefa miraba a Amaya con frialdad y con una sonrisa triunfal en el rostro:
—¿Llamando para pedir refuerzos? Creo que ya es un poco tarde para eso.
Amaya colgó el teléfono y le dirigió una mirada de hielo:
—No voy a pedir ayuda. Ya les dije que yo me haré cargo sola de lo que sea que venga. No quiero involucrar a nadie más.
Sonia soltó una risa burlona:
—Vaya humos te cargas. Estás igual de arrogante que Beatriz en sus tiempos. ¿Y de qué le sirvió? Al final terminó agachando la cabeza como buena perdedora.
Amaya apretó los puños instintivamente y su mirada se volvió aún más filosa:
—Así que eso es lo que pasó... ¿Qué le hicieron exactamente a mi mamá, pedazo de brujas desalmadas?
Vera, que ya se había enterado de toda la historia por boca de Sonia, miró a su alrededor.
Al confirmar que solo había gente de su bando, dejó de fingir que era una mosca muerta y mostró su verdadera cara con una mueca de desprecio:
—Ay, Amaya. La historia de tu mamá es toda una obra de teatro. ¿Tantas ganas tienes de escucharla?
»Jajaja, pues claro que te la contamos. Pero antes, ponte de rodillas y ruéganos. Si lo haces, te diremos la verdad. ¿Qué dicen, señora Josefa, mamá? ¿Les parece justo?
Sonia resopló con saña.
—¡Con que nos ruegue no basta! Después de todos los millones que nos hizo perder, lo mínimo que merece es que se muela a bofetadas ella misma. ¡Cincuenta... no, cien bofetadas frente a nosotras!
Amaya observó en silencio a aquel par de mujeres sin escrúpulos. En su interior, un vendaval de dolor y rabia le desgarraba el pecho:
—¿Si hago lo que dicen me contarán la verdad? —preguntó.
Antes de que pudieran responder, Amaya sonrió con amargura.
—¿Pero cómo voy a saber que no me están mintiendo? Además, ¿qué me garantiza que, después de humillarme, de verdad van a hablar?
Josefa se cruzó de brazos y la miró con profundo asco.
Últimamente había pasado tantas humillaciones por culpa de Amaya que ya no la soportaba.



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