Amaya levantó la cabeza de golpe, con una furia en la mirada capaz de incendiarlo todo:
—Dije que su pequeño espectáculo de circo ya está grabado.
El dron flotaba sobre ellas con total estabilidad. Su cámara oscura de alta definición apuntaba hacia abajo, registrando cada detalle con frialdad.
—¡Tú... maldita mosca muerta, nos tendiste una trampa!
El rostro de Josefa se descompuso al entender la situación:
—¡Rápido! ¡Tumben ese dron! ¡No podemos permitir que el video salga de aquí!
Gruesas gotas de sudor frío brotaron en la frente de Josefa. Sonia palideció como un cadáver, incapaz de dejar de temblar.
Vera, al borde del pánico, se cubrió la boca con las manos mientras temblaba como gelatina.
—Ya es tarde. Se transmitió todo en vivo a través de internet —anunció Amaya—.
»Sus asquerosas expresiones y todo lo atroz que le hicieron a mi madre ya lo vio todo el mundo.
»Y quiero dejar algo muy claro: mi madre siempre vivió con la frente en alto. Todo ese dinero sucio que ustedes creen que consiguió seduciendo hombres, en realidad fueron préstamos. Por cada centavo que le dieron había un pagaré, y ella se encargó de liquidar todas sus deudas.
»De no haberlo escuchado con mis propios oídos, jamás habría imaginado que quienes humillaron y destruyeron a mi madre esa noche no fueron un montón de hombres asquerosos, ¡sino ustedes, un grupo de mujeres ricas de corazón podrido! ¡Esa actitud que acaban de mostrar me da asco!
Amaya no solo les estaba gritando a ellas, también estaba hablando directamente a la cámara del dron para limpiar el nombre de su familia.
Su madre había sobrevivido en la miseria todos esos años. Nunca se justificó, nunca se quejó, ni se rindió. Se aguantó el dolor y, a base de puro coraje, pasó de ser el hazmerreír de la ciudad a convertirse en una legendaria jefa del bajo mundo nocturno.
Amaya conocía la verdad porque había visto esos pagarés escondidos en uno de los cajones de su madre.
En su momento se le hizo raro que todas las notas estuvieran fechadas la misma noche, y que incluso alguien hubiera escrito «no es necesario devolverlo».
Ahora por fin entendía la realidad de las cosas.
Seguro que la actitud inquebrantable de su madre aquella noche logró ganarse el respeto de los hombres que frecuentaban ese lugar.
Después, esos mismos sujetos se volvieron sus clientes, y con el tiempo, incluso sus amigos.
Justo cuando Amaya terminó de hablar, se escucharon pasos apresurados en la entrada de la terraza.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, Saúl apareció acompañado de una veintena de guardaespaldas.



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