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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 108

Luego clavó la vista en Saúl, sintiendo una profunda confusión.

¿Quién era ese sujeto? Nunca en su vida lo había visto.

Y además la había llamado «señorita»... ¿Por qué la llamaba así?

La mente de Josefa se llenó de preguntas. Sin embargo, antes de que pudiera articular palabra, una mano enorme aterrizó directo en su rostro con una fuerza brutal.

El golpe la dejó con zumbido en los oídos y cayó torpemente de lado contra el suelo.

Soltó un chillido de dolor, pero al instante escuchó el eco incesante de otros cachetadas a su lado.

Sonia y Vera, completamente aterrorizadas, ya se estaban abofeteando a sí mismas con todas sus fuerzas.

Josefa se cubrió la mejilla mientras gritaba:

—¡S-son unos delincuentes! ¡Estamos en un hospital! ¡Director! ¡Que alguien traiga al director, me quieren matar!

De pronto, sintió un tirón doloroso cuando alguien la agarró del chongo perfecto que llevaba, estirándole todo el cuero cabelludo.

Alzó la vista y se topó con el rostro pálido y despiadado de Saúl a escasos centímetros. Sus ojos parecían haber salido del mismísimo infierno:

—Señora Ponce, me parece que no ha entendido en qué situación está.

»Nosotros tenemos las manos manchadas de sangre. ¿Doscientas cuatro cachetadas o su vida? Usted elige.

La mirada letal y la amenaza de Saúl hicieron que las piernas de Josefa se volvieran gelatina.

Aguantándose el llanto por miedo, no le quedó más remedio que empezar a abofetearse brutalmente, una y otra vez en ambas mejillas.

Sofía, con el corazón encogido, se acercó para tomar a Amaya del brazo y por inercia intentó tocar su mejilla.

Apenas la rozó, Amaya se apartó de golpe por el dolor:

—Sofi, no me toques, me arde muchísimo.

—Está bien, está bien. Vamos a mi casa ya mismo. Te pondré una crema para bajar lo hinchado, si no, se te va a deformar la cara.

Tanta humillación, tanto dolor acumulado, tantas lágrimas reprimidas... Eran recuerdos que la llenaban de amargura.

Antes, por amor, se arrastró por el suelo hasta desgarrarse la dignidad, como si la hubiera enterrado bajo una capa de cemento.

Llegó a pensar que, si agachaba la cabeza lo suficiente y aguantaba con paciencia, lograría la aprobación de Josefa y del resto de los Muñoz.

Pero ahora se daba cuenta del gran error que cometió. Se equivocó por completo.

A una mujer tan convenenciera y clasista como Josefa, entre más la engrandeces, más se cree que vale la pena. Había que tirarla de cara contra el piso para que por fin entendiera que no era nadie.

—Josefa, Sonia. Escúchenme bien. Lo que le hicieron a mi madre aún no está perdonado.

»Esto apenas comienza. No llevo prisa, tengo todo el tiempo del mundo para jugar con ustedes.

Amaya clavó su fría mirada en las dos mujeres. Después de escupir esas palabras, giró hacia Vera:

—Y tú, Vera...

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