—¡Solo no pude estar contigo en el parto y en la cuarentena, es todo! Hay muchísimos hombres que no pueden estar, ¡y son contadas las mujeres que se ponen tan intensas y rencorosas como tú!
—Amaya, tienes que ver hacia el futuro —añadió Diego, hablando con tono severo y una chispa de rabia en los ojos, como si en esta historia el gran perjudicado fuera él—. Si me equivoqué en algo, pues ya te lo compensaré. ¿Es en serio necesario que me lo eches en cara a cada rato?
La sangre le hirvió a Amaya de coraje.
—Diego, ¿alguna vez escuchaste esa frase? —preguntó.
—"A veces una mujer necesita a su hombre de la misma forma que un paracaidista necesita su paracaídas. Si no apareció en ese preciso momento, ya no tiene ningún puto caso que aparezca después".
A Amaya le temblaba el cuerpo entero por la furia. Una oleada de frío le recorrió la espalda y empezó a sentirse muy mal, casi como si le hubiera dado fiebre.
Diego se quedó aturdido por unos segundos. Movió los labios y dio un paso adelante para jalarla hacia su pecho.
—Ya sé que la cagué. Te juro que la próxima vez que te embaraces y estés en cuarentena, voy a estar veinticuatro siete pegado a ti, consintiéndote, y no me voy a despegar ni medio paso. ¿Sí? ¿Ya podemos dejar esto atrás?
Ahí estaba otra vez, recurriendo a su táctica de siempre.
Durante los últimos cinco años, cada vez que ella hacía algún coraje o se sentía destrozada, él llegaba con la mentalidad de arreglar lo que fuera necesario, creyendo que todo tenía remedio.
Aun sabiendo el daño que le causaba, él creía ciegamente que absolutamente todo se podía perdonar y solucionar.
Jugaba al hombre comprensivo, pintaba todo color de rosa y fingía que no pasaba nada grave, asumiendo que podían seguir adelante.
De hecho, esa maña suya de dar una de cal por las de arena era su pan de cada día.
Amaya estaba a punto de empujarlo para zafarse de sus brazos, cuando de pronto él sacó un estuche. Lo abrió y le mostró un bellísimo y único diamante rosa.
Amaya reconoció esa joya porque había visto la portada del catálogo de una casa de subastas; valía una auténtica fortuna.
Se decía que solo existían unos cuantos en todo el mundo. Las únicas piezas disponibles solían ser adquiridas por la realeza europea o por magnates ridículamente ricos.
—Se lo compré a nuestra niña. ¿Está bonito?
—Mira el tono rosado, está igual de tierno que sus cachetes. Guárdaselo por ahora. Cuando nuestra hija cumpla dieciocho años, podemos mandarlo a poner en el centro de una corona, y te aseguro que será el centro de atención.
—¡Amaya! ¡Esta chingadera cuesta una verdadera millonada! ¡Creo que perdiste por completo la cabeza!
Amaya lo fulminó con una mirada fría como el hielo. Se le quedó viendo al diamante que él tenía en la mano durante varios segundos, hasta que una idea se le cruzó por la mente.
Tenía razón. Costaba miles de millones de pesos... Y uno nunca debe pelearse con el dinero.
—Bueno, ya que tienes tantas ganas de regalarlo, yo me encargo de guardárselo a mi hija.
Amaya extendió la mano, le arrebató el diamante rosa, lo metió directo a su bolsa y se dio la media vuelta para marcharse.
Diego se quedó sin una sola palabra en la boca, rojo de coraje.
Amaya cruzó la puerta con la joya en la bolsa y caminó sin mirar atrás.
Por mero instinto, Diego quiso correr detrás de ella para detenerla, pero en ese mismo instante le entró una llamada de su madre.
—Diego, ¿en dónde diablos te metiste? A tu madre casi la matan hoy... ¡Apenas si sigo viva y tú ni siquiera puedes venir a hacerme compañía!

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