En las escaleras de emergencia del hospital.
Josefa estaba hablando por celular con Rubén Muñoz, el padre de Diego.
Rubén vivía casi siempre en Clarosol, ocupándose de los negocios por allá, y había delegado todas las operaciones en Solsepia a cargo de Diego.
Rara vez regresaba a Solsepia y su relación con Josefa era bastante fría. Ella sabía de sobra que él debía tener alguna otra mujer en Clarosol, pero se hacía de la vista gorda.
Llevaban muchos años casados; el amor de los primeros tiempos se había esfumado, transformándose en una mera alianza de intereses. Estaban de acuerdo en los asuntos importantes, pero en el día a día cada quien hacía su vida. A Josefa solo le importaba que le depositara su dinero puntualmente cada mes; fuera de eso, no preguntaba ni le interesaba nada más.
Esta vez, el escándalo de la transmisión había sido tan grande que provocó una caída brutal en las acciones del Grupo Muñoz. Rubén estaba furioso y llamó a Josefa para exigirle explicaciones.
Josefa, que estaba frustrada por no tener cómo desahogarse y veía que su hijo no actuaba, aprovechó para soltarle a Rubén todo lo que había pasado últimamente, exagerando bastante la situación.
—Viejo, tienes que venir a darte una vuelta. Habla tú mismo con Amaya y haz que se largue de la familia Muñoz.
—Si no firma por las buenas, vas a tener que usar otros métodos. A Diego le tiembla la mano, por eso ha estado dándole largas y todavía no se divorcia.
—Piensa en algo, tenemos que deshacernos de esa mujer. Si no, el Grupo Muñoz no va a volver a tener paz nunca.
Josefa no dejaba de presionarlo por teléfono.
La voz profunda y serena de Rubén resonó a través de la línea, cargada de ira:
—¿No puede lidiar con una simple mujer? ¿Desde cuándo Diego se volvió tan cobarde e indeciso?
—¡Una mujer que va en contra de los intereses de la familia Muñoz no puede seguir con nosotros! Me equivoqué por completo con esa Amaya; jamás pensé que se terminaría portando así.
Josefa asintió con fervor, aunque él no pudiera verla:
—Exacto, por eso me opuse con todas mis fuerzas cuando quiso entrar a la familia, pero al final fuiste tú quien dio el visto bueno.
—Ay, viejo, caras vemos, corazones no sabemos. ¡Se la pasó cinco años tragándose el orgullo solo para llegar a este momento! Ahora, escudándose en que dio a luz a esa niña que solo nos trae gastos, ¡se atreve a hacer un desastre tras otro!
Rubén la interrumpió con frialdad:
—Ya entendí la situación. En estos días buscaré un hueco en mi agenda para ir a resolver ese problema.
Josefa sonrió, satisfecha:
Reni, mi amor, por favor, que no te pase nada, por favor...
Desde que se había convertido en madre, Amaya sentía que vivía en un estado de alerta constante; cualquier malestar de su bebé le provocaba una avalancha infinita de nervios y ansiedad.
Si pudiera, estaría dispuesta a soportar todo ese sufrimiento físico con tal de que su hija estuviera libre de enfermedades y creciera sana y salva.
Sin embargo, justo en ese momento de extrema vulnerabilidad, de impotencia y angustia desesperante, recibió una foto que le envió Vera.
A Amaya le bastó echarle un vistazo para reconocer el perfil de Diego, a pesar de que apenas asomaba en el borde de la imagen.
Es decir, justo cuando su hija ardía en fiebre, justo cuando ella corría despavorida al hospital sin importar nada más...
El mismo hombre que esa misma tarde le juraba que quería arreglar las cosas para vivir en paz con ellas, en ese preciso instante, tenía a Vera entre sus brazos.
Amaya sintió que la sangre se le helaba de golpe, y un nudo enorme de emociones reprimidas se le atoró en el pecho.
Pero en medio de ese torbellino de pánico e indefensión, una repentina llamada hizo que su corazón, ya desgarrado por la angustia, diera un vuelco violento...

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