Era su madre, Beatriz.
Amaya se secó las lágrimas y contestó rápidamente:
—Mamá...
La voz ronca y directa de Beatriz sonó al otro lado:
—Ya llegué al aeropuerto de Clarosol. En un rato tomo el vuelo de conexión a Solsepia. ¿Dónde estás?
Amaya abrió los ojos de par en par:
—Mamá, ¿no habíamos quedado en que yo iría a recogerte a Veridia? ¿Cómo que te viniste tú sola?
Beatriz respondió con total calma:
—Iba a ser muy pesado para ti cargar con la niña en el viaje. No te preocupes, yo me las arreglo; tú espérame en la casa.
En ese sentido, era igualita a su madre: prefería hacer las cosas por su cuenta antes que pedir favores o depender de los demás.
Una ola de culpa invadió a Amaya y se le quebró la voz:
—Está bien, mamá. Es que... justo ahora voy en camino al hospital, Reni amaneció con fiebre muy alta. Perdóname, yo... no voy a poder ir por ti al aeropuerto.
El tono de Beatriz subió de volumen de golpe:
—¿Qué dijiste? ¿Mi nieta tiene fiebre? Mándame el nombre del hospital; en cuanto aterrice, me voy directo para allá.
—Mamá, mamá...
Amaya apenas iba a pedirle que mejor se fuera a descansar a la casa en lugar de ir al hospital, pero Beatriz ya había colgado la llamada.
Amaya sacudió la cabeza, resignada. Su madre siempre era así, de carácter fuerte y acciones tajantes... cuando se le metía una idea en la cabeza, nadie podía hacerla cambiar de opinión.
Amaya se tragó el llanto. Al ver que ya estaban llegando al hospital, dejó a un lado el drama, tomó a Reni en sus brazos y salió disparada hacia la sala de urgencias.
La temperatura de Reni era alarmante; cuando entraron, ya estaba rozando los 40 grados.
Una fiebre así en una bebé de apenas dos meses puso a los médicos y enfermeras en alerta máxima. Tras tomarle la temperatura, pasaron rápidamente a Reni al área de urgencias para tratarla.
Las piernas de Amaya temblaban y las lágrimas caían sin control por sus mejillas. Lloraba desconsoladamente, apenas capaz de mantenerse de pie.
Sentía como si la hubieran arrojado de golpe al fondo del mar, rodeada de una desesperación asfixiante, mientras el pánico echaba raíces en su interior como si fuera maleza.
¿Acaso se había quedado tan dormida la noche anterior que olvidó tapar bien a Reni con su cobija?
¿O habría dejado el aire acondicionado demasiado bajo y por eso la bebé se congeló?
¿O a lo mejor el agua de su bañera estaba muy fría y la dejó ahí demasiado tiempo?
Estaba perfecta unas horas atrás, ¿por qué le había subido tanto la fiebre de la nada?
El terror la devoraba por dentro. Al verla en ese estado, Marta se asustó tanto que empezó a disculparse sin cesar, culpándose por no haber cuidado bien a Reni e intentando que Amaya se calmara un poco.
Amaya miró a la asustada Marta; intentó hablar, pero tenía un nudo en la garganta y no logró articular una sola frase.
Se agachó en una esquina, completamente impotente. En toda su vida, jamás se había odiado tanto por sentirse tan inútil.

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