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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 13

Esa voz profunda, magnética y llena de un regaño condescendiente... hubo un tiempo en el que Amaya amaba escucharla. Habiendo crecido sin la figura de su padre, se enamoró de su jefe, cinco años mayor que ella, justo porque Diego irradiaba esa actitud protectora y autoritaria.

Mientras que cualquiera se habría sentido mal por sus regaños, a ella nunca le importó; de hecho, disfrutaba que él le exigiera. Pero ahora, ese encanto se había esfumado por completo.

Amaya soltó una risa amarga mientras el coraje le volvía a hervir en la sangre. Agarró un jarrón que estaba en el mueble de la entrada, apuntó directo hacia él y le gritó:

—¡Lárgate!

La expresión burlona de Diego desapareció al instante.

—¿Todavía no te cansas de hacer tus berrinches? Amaya, te la estoy poniendo fácil para que lo dejemos por la paz, pero si sigues así, no te voy a dar otra oportunidad.

Amaya lo miró con desdén.

—Guárdate tus oportunidades, no las necesito.

Llevaba demasiado tiempo tragándose su coraje. No pensaba quedarse de brazos cruzados sin hacerle pagar a los que tanto la habían hecho sufrir.

Diego se frotó las sienes, dio un paso adelante y le quitó el jarrón con cuidado. Acto seguido, le agarró ambas manos y la levantó en vilo. Amaya forcejeó con todas sus fuerzas, pero él no la soltó; la llevó directo al sofá y la inmovilizó con su peso.

Esos ojos afilados parecían querer desnudar su alma, y su aliento cálido rozó la oreja de Amaya.

—Ya, está bien, fue mi culpa. Últimamente pasé mucho tiempo con Vera y te descuidé. Ya tranquila, no hagamos más escándalo.

Con ambas manos sujetas por encima de su cabeza, Amaya intentó darle una patada, pero Diego inmovilizó sus piernas usando las suyas. El cuerpo menudo de ella, de apenas metro sesenta y cuarenta kilos, no era rival para la corpulencia de él, que medía más de metro ochenta y pesaba cerca de ochenta kilos. Era como intentar mover una montaña.

—¡Suéltame!

—No. Ya, dime... ¿me extrañaste?

—¡Que me... sueltes! —bramó Amaya entre dientes.

El ambiente se cortaba con un cuchillo. La cara de Diego se tornó sombría, cargada de una furia asesina. Pasó todo un minuto antes de que hablara con voz ahogada:

—Amaya... ¿no crees que ya te pasaste?

Sus ojos se volvieron fríos, helados.

—Cuando te dije que quería el divorcio, no era un berrinche. Era un aviso formal. —Amaya se acomodó la ropa de inmediato, se levantó y se sentó frente a él, marcando una clara distancia—.

—Mañana el abogado te va a llevar los papeles a tu oficina. Una vez que estemos divorciados, vas a poder ir a cuidar a tu prima y al niño sin tener que andar a escondidas.

Ya que se iban a divorciar, a ella le importaba un pepino lo que él hiciera. Ojos que no ven, corazón que no siente. Sentía asco y no pensaba gastar ni un gramo más de energía en él.

Ante la indiferencia de su esposa, Diego perdió por completo los estribos y se puso de pie de golpe.

—¡Amaya! ¡Tú sabes perfectamente bien por qué decidí casarme contigo en primer lugar!

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