Los tres kiwis impactaron con precisión en los rostros de las mujeres. El jugo verde y espeso escurrió de inmediato por sus mejillas perfectamente maquilladas.
En cuestión de segundos, la apariencia elegante de las tres quedó arruinada por aquel ridículo líquido verdoso.
Melina miró su costoso traje de diseñador, ahora manchado irremediablemente, y la furia nubló su razón.
Señaló a Amaya y gritó como una histérica:
—¡Amaya! ¡Eres una salvaje! ¡Te voy a destrozar la cara! ¡Ya no te soporto más!
Sin pensarlo, se abalanzó hacia ella como una leona fuera de control.
Sin embargo, apenas había dado dos pasos cuando su cuerpo chocó brutalmente contra una sólida pared humana.
Romeo se mantenía firme, erguido como una montaña inamovible, protegiendo a Amaya a sus espaldas.
Miró a Melina desde arriba, con unos ojos tan gélidos que su sola presencia resultaba asfixiante.
El impacto obligó a Melina a detenerse en seco. Al levantar la vista y toparse con el aura intimidante de Romeo, se quedó paralizada, incapaz de dar un solo paso más.
La voz de Romeo era profunda y aterradora, conteniendo una rabia volcánica:
—No solo es tu sobrina, es una vida inocente. ¡Y te atreves a maldecirla de esa manera! ¡Melina, me das asco!
Melina titubeó e intentó defenderse, pero su voz temblaba delatando su miedo:
—Yo... ¿Acaso no dije la verdad? Desde que nació, esa niña solo ha traído problemas. ¡Es una maldición para la familia!
Al escuchar eso, Amaya perdió por completo los estribos. Agarró un plato lleno de sandía cortada y se lo estrelló en la cara a Melina.
—¿Maldición? ¡¿Cómo te atreves a llamar así a mi hija?!
—¡Si le ha pasado algo malo, es por tener la desgracia de compartir la sangre con una familia tan podrida como la de ustedes!
—¡Tú también lárgate! ¡Vete con ellas!
—¡Y hazme el favor de avisarle a todos los Muñoz que vayan sacando cita en el hospital para hacerse la prueba de médula!
—¡Desde que Reni nació, tu familia no ha movido un dedo por ella! Ya que te llenas la boca diciendo que es tu hija, espero que esta vez los Muñoz no se acobarden. ¡No voy a permitir que retrasen el tratamiento de Reni!
Al escuchar esto, Melina, que intentaba desesperadamente limpiarse la cara con un pañuelo, se detuvo en seco.
Al segundo siguiente, saltó como si la hubieran quemado:
—¿Prueba de médula? ¿De qué estás hablando? ¿Por qué tendríamos que hacernos eso?
—¡Yo no lo haré! ¡No pienso participar en esa locura! ¡Eso de que te saquen la médula suena peligrosísimo! ¡De ninguna manera!
En la mente de Melina, la hija de Amaya no significaba absolutamente nada para los Muñoz. Jamás desperdiciaría sus células madre para salvarla.

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