Diego observó el desastre en la sala. Se dejó caer pesadamente en el sofá y encendió un cigarro, sintiendo un nudo en el pecho.
—Eva, ¿acaso no la trato bien? ¿De verdad era para que se pusiera así de histérica?
Eva seguía barriendo mientras intentaba calmarlo en voz baja:
—Señor Muñoz, usted siempre la ha tratado bien. En cinco años de matrimonio nunca los había visto pelear. Pero cuando una mujer tiene un bebé, sus hormonas se alocan, es fácil caer en depresión posparto. Por eso necesita que su esposo esté más al pendiente.
Diego frunció el ceño.
—¿Me estás diciendo que tiene depresión posparto? Pero otras mujeres tienen hijos y no cambian así, siguen siendo igual de dulces y atentas.
Eva se quedó helada.
—¿Otras mujeres?
Diego se dio cuenta de que había hablado de más y desvió la mirada.
—Me refiero a mi prima, ella también acaba de dar a luz y sigue siendo igual de tranquila. Nunca hace estos berrinches.
Eva se quedó pensativa.
—Ah, es que seguro ella sí tuvo a su esposo a su lado todo el tiempo. No como la señora Amaya, que se aventó sola el embarazo, el parto y el cuidado de la niña. Tener un bebé no es cualquier cosa, el apoyo del esposo es lo más importante en esos momentos.
Diego se quedó mudo. Bajó la cabeza, sintiendo una repentina punzada de culpa.
—Eva, pregúntale a Marta dónde se están quedando ahorita con la niña.
—Hace rato vino una mudanza por sus cosas —respondió Eva—. Le pregunté al chofer y me dijo que se fueron para Villa Los Olivos.
Eva dudó un momento, pero se armó de valor para insistir:
—Señor, pase más tiempo con ella. La señora nunca había sido así, es solo que últimamente la ha dejado muy sola.

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