Diego estaba a punto de gritarle:
—¡Sofía, ¿tú qué...!
Pero antes de terminar, se fijó en Amaya que venía hacia ellos. Se dio cuenta de la curita que tenía en el dorso de la mano y abrió la boca, como si estuviera a punto de decir algo.
Sin embargo, Vera soltó a llorar antes de que él pudiera hablar.
—¡Diego, creo que se me enterró un vidrio en la pierna, me duele muchísimo!
Se subió un poco la falda, mostrando un pedacito de vidrio encajado en su pierna, del que escurría un hilito de sangre.
La mirada de Diego cambió por completo, dejando de prestarle atención a Amaya. Se agachó de inmediato a revisarla.
—La herida está profunda. Un doctor te tiene que sacar esto ya mismo y ponerte la vacuna del tétanos.
Se puso a empujar la silla de ruedas hacia el área de urgencias, sin dudarlo ni un segundo. Las dos niñeras lo siguieron rápidamente.
Amaya solo torció la boca con ironía; ya estaba tan harta que no sentía nada.
Sofía, por su parte, temblaba del coraje y se puso a gritar a todo pulmón:
—¡Diego, espérate, cabrón! ¿No te das cuenta que Ami está...!
Pero no alcanzó a terminar la frase, porque Amaya se desplomó como un costal.
—¡Ami! ¡Ami! ¡Un doctor! ¡Ayuda, por favor! ¡Se desmayó otra vez! —Sofía estaba vuelta loca, agarrando a Amaya mientras se le salían las lágrimas.
Diego estaba doblando la esquina cuando escuchó los gritos. Se detuvo en seco y volteó. Al ver que varios doctores y enfermeras corrían hacia ellas y cómo Amaya estaba inconsciente en los brazos de Sofía, supo que algo andaba mal.
—Lleven a Vera para que le curen la pierna, regreso en un minuto —les ordenó a las niñeras.
Pero apenas dio unos pasos hacia Amaya cuando escuchó que le gritaban desde atrás:
—¡Señorita Vera! ¡Señorita Vera! ¡Despierte! ¡Por favor, reaccione!
Amaya sonrió amargamente.
—Ni hablar, por los hijos uno hace lo que sea. Qué lástima por la leche, Reni está tan chiquita que no se toma tanta. En un ratito la pongo en las bolsitas para que Marta la guarde en el refri de la casa.
Apenas dijo eso, se escuchó la firme voz de un hombre desde la puerta:
—No hace falta que se la lleven, démela a mí. Justo el hijo de Vera no tiene qué tomar, y a la niña igual y le sobra.
Amaya sintió una punzada en el corazón.
Sofía se paró de un salto, perdiendo los cabales:
—¡Diego, eres un cabrón! Amaya estuvo toda la noche desmayada y ni tus luces, ¡¿y ahora resulta que te quieres robar su leche para dársela a esa cualquiera?! ¡No tienes madre!
Diego corrió la cortina y entró. Vestía ropa casual de color oscuro. Su rostro permanecía sereno e impasible. Esa postura recta y corpulenta imponía un ambiente intimidante que solo alguien con mucho poder en la vida podía proyectar.

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