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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 16

Pero cuando Diego abrió la boca, Amaya sintió que su corazón caía al infierno:

—Sofía, no trates de amarrar navajas. Ami es la tía política de Mati, somos familia, si puede ayudar que ayude, al fin y al cabo le sobra leche.

Mati... lo llamaba con tanto cariño, como si fuera su propio hijo.

Pero a su propia hija, que ya tenía un mes de nacida, ni siquiera había pensado en registrarla en el registro civil ni en ponerle un nombre.

Amaya bajó la mirada hacia el suero en el dorso de su mano y se rio con amargura en su interior.

—Prefiero dársela a los gatos de la calle antes que a tu Mati. Ni lo sueñes.

Diego frunció el ceño con frialdad, pero se sentó, tratando de mantener la paciencia. Puso el caldo de pollo en la mesa de noche, sirvió un tazón y se lo extendió a Amaya, esperando que lo tomara.

—Sé que estás enojada, pero no me queda de otra. Romeo me llama todos los días, pidiéndome que cuide bien de Vera y de Mati. Es un favor de un amigo.

Tomó una cucharada y se la acercó a la boca a Amaya, suavizando un poco la voz.

—Ami, tú también conoces a Romeo, es un talento excepcional. Cuando tuvimos problemas con los planos del Edificio Horizonte porque la construcción era muy difícil y no podíamos avanzar, se los mandamos y él, sin pensarlo dos veces, nos ayudó a modificarlos toda la noche para definir el proyecto.

—Además, ¿no decías que siempre has admirado el talento de Romeo y que te encantan sus diseños?

Esta vez Diego no se equivocaba.

Romeo había sido compañero de Amaya, tres generaciones arriba de ella. Era el mejor talento en diseño de su facultad de arquitectura y su nivel podía compararse con el de los mejores maestros internacionales. Además, Romeo tenía una moral intachable, era el ejemplo perfecto de rectitud. Ahora mismo trabajaba en el extranjero en infraestructura confidencial, enviado por el gobierno a Aquilinia para brindar apoyo, no por ambición personal.

Ella y Romeo nunca se habían visto en persona, pero se conocieron por Diego y solían platicar en línea sobre proyectos. A veces, cuando ella tenía alguna duda, también le pedía consejo.

Al mencionar ese nombre, el corazón alterado de Amaya se calmó un poco. Abrió la boca por inercia y tomó un trago.

—Bueno, por ser Romeo, yo...

Estuvo a punto de aceptar darle la leche que le sobraba a Mateo, pero al instante sintió algo raro en la boca. Sin terminar la frase, escupió de golpe.

La lengua y la garganta se le hincharon en cuestión de segundos. Amaya se llevó las manos al cuello y logró articular a duras penas:

—¿Qué... qué me diste?

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