Fue un golpe con toda su rabia, cargado del dolor y el coraje acumulado de tantos días y noches.
A Diego lo tomó por sorpresa y soltó un quejido. El impacto lo hizo retroceder hasta que chocó con fuerza contra la cabecera acolchada de la cama; finalmente cayó sentado, bastante desconcertado.
En un abrir y cerrar de ojos, Amaya se rodó de la cama hacia el suelo.
Sin importarle no traer zapatos, corrió descalza hasta el perchero, agarró su ropa de un tirón y se la puso como pudo, con las manos temblorosas.
Diego se sobó el estómago; la patada lo había espabilado por completo.
Al ver que Amaya le daba la espalda temblando, se levantó enseguida e intentó volver a rodearla con los brazos:
—Ami, no me rechaces así... los pleitos entre parejas no deberían durar, podemos arreglarlo...
Antes de que Diego terminara de hablar, el fuerte estallido de una bofetada retumbó en la habitación.
Amaya lo había golpeado con todo lo que le quedaba de fuerzas.
La cara de Diego se ladeó por el impacto. Sintió el ardor en la mejilla al instante y la soltó. Retrocedió un par de pasos a tropezones, mirándola como si no pudiera creerlo.
Se hizo un silencio sepulcral.
Amaya seguía en el mismo lugar, con el pecho subiendo y bajando de prisa. Sus ojos brillaban como el hielo, con los puños tan apretados que tenía los nudillos blancos:
—Diego, ¿crees que tus problemas para dormir merecen que sienta lástima por ti?
Su voz temblaba:
—Comparado con todo lo que yo he sufrido, ¿qué diablos son un par de meses sin dormir?
—¿Te imaginas que por hacerte la víctima y portarte cariñoso, ya todo será como antes? ¿Que olvidaremos todo lo que pasó? ¡Pues te digo que estás loco, es imposible!
—¡Lo que sentía por ti murió en el preciso instante en que di a luz a Renata!
—¿Tienes idea de lo que sentí cuando, tras luchar con mi vida para parir a Renata, la enfermera se la llevó, regresó y me dijo que no había ni un alma esperando allá afuera?
Diego se quedó congelado en su lugar.
Un momento antes aún sentía frustración, pero tras escuchar a Amaya desahogar toda esa rabia acumulada, sintió como si le hubieran arrancado un pedazo del pecho.
Esa herida también le dolía, y le dolía en el alma.
—Perdóname, Ami. Mi familia y yo las ignoramos por completo...
—Yo... no pensé en todo esto; me enfoqué en que tenías médicos en el hospital y personal y niñeras en la clínica de maternidad... así que simplemente...
Diego se calló; se odió tanto que sintió unas ganas inmensas de abofetearse a sí mismo en ese mismo instante.
En ese entonces, como la imagen que Amaya proyectaba siempre era la de una mujer madura e independiente, él dio por sentado que podría resolver las cosas por sí sola.
No tenía idea de que su familia se había portado tan mal, ni tampoco que el día del parto, su madre se había dado la media vuelta apenas se enteró de que era niña y no volvió a pararse a visitar a Amaya jamás.

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